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La España de la fe: ver para creer


o sólo los aficionados, hasta los protagonistas de esta hazaña memorable señalaban al final del partido que tendrían que esperar unos días para asimilarlo, que todavía no se lo creían. El curso de los acontecimientos ha sido tan vibrante como único, casi impensable cuando las caras de los jugadores y de Scariolo en los partidos frente a Irán y Puerto Rico traslucían los nervios inherentes a un mal funcionamiento: algo no iba bien.

Un cambio radical, la primera exhibición defensiva frente a Belinelli y Gallinari, fue el chispazo que encendió en el cerebro de los jugadores el recuerdo de una competitividad mil veces exhibida. En cuarenta minutos, España, como si fuera fácil, se sobrepuso a sí misma y comenzó un viaje en el que siempre encontraron las soluciones oportunas.

A partir de este encuentro España se convirtió en una máquina superlativa e inédita de fabricar empatía cognitiva y emocional, las que insuflan energía renovable e infinita a los equipos.

La selección ha jugado con una cantidad de compromiso nunca vista colocando el talento, que también lo tienen- ¡cómo no! – en segundo plano. Tan contagioso fue su esfuerzo, su unión y su carácter que los ojos de todo el país comenzaron a volverse hacia un equipo que, de repente, fabricó la sorpresa de vapulear a la favorita Serbia de un plumazo. Tanto corazón pusieron que terminaron por llegarnos al corazón.

Aún quedaba mucho camino por recorrer. Australia se presentó como un rival tan temible que únicamente otro coletazo de pundonor nos condujo a la prórroga. Entonces, como ha pasado a lo largo del torneo, siempre que ha sido necesario hemos encontrado la pieza pertinente.

Marc Gasol se levantó, majestuoso, para hacerse el dueño y señor de un destino que parecía irremisiblemente perdido. Lo más inconcebible, sólo creo porque lo he visto con mis propios ojos -y todavía me los froto- ha sido que España ha encontrado en cada partido los jugadores adecuados para renacer. En cada trance, y muchas veces en cada contienda, unos jugadores se suplían a otros hasta lograr la mejora colectiva. El mejor ejemplo lo hemos visto ante Argentina, cuando Ricky y Llull se alternaron de forma mágica para mantener el nivel de juego sin apenas variación.

Tampoco nunca un entrenador fue tan decisivo. Scariolo ha añadido a su conocida versión de estratega una precisión sorprendente en los partidos. Con rapidez inusitada ha ido corrigiendo los movimientos de sus filas o intercambiando sus peones para lograr un rendimiento extraordinario. Su planteamiento y dirección en la final ha sido para enmarcar. También su serenidad ha contribuido a rebajar la tensión que se imponía en los momentos críticos de la semifinal contra Australia.

En suma, un maestro al servicio de una causa que comenzó más desorientada de lo previsto y que él contribuyó a encaminar hacia un oro que ni siquiera nos atrevimos a soñar. Para rematar una actuación impecable, terminó reconociendo a los jugadores que llevaron al equipo nacional hasta China y prometiéndoles la medalla de oro que, en justicia, les corresponde.

Porque hasta en el origen hubo que tener fe. Nadie daba un duro por nuestras selecciones que jugaron las ventanas clasificatorias, a las que no acudieron los NBA ni los participantes en la Euroliga. Cuando todos los agoreros del país pronosticaron que España se quedaría apartado de esta Copa del Mundo, tuvimos que creer en unos jugadores honrados y profesionales, tan hermanados como los que están en China, por los que pocos daban un duro. Entonces comenzó esta increíble historia, con un derroche de fe en unos principios que se ha mantenido hasta estos días más vivas que nunca.

Señoras y señores, creámonoslo y no dejemos de creer nunca: España es la campeona del mundo. Más importante todavía, este grupo ha manifestado el valor de la unidad, el equilibrio como virtud, el poder de la humildad y la esencia del carácter. Y, por supuesto, que la fe también existe.

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