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Una lanza por el atletismo español


Tengo sólidas razones para creer que en el atletismo español hay muchos deportistas que respetan el juego limpio. Conozco el asunto de primera mano, porque mi formación deportiva transcurrió casi a partes iguales entre los pabellones de baloncesto y las pistas de atletismo que seguí frecuentando muchos años después de mi retirada. Más tarde, en mi etapa de dirigente deportivo, coincidí en numerosas ocasiones con los representantes de la Asociación de Atletas en diferentes etapas. En todas ellas, su actitud, sus razones y, sobre todo, las enmiendas que proponían a los proyectos normativos se alineaban con la línea más dura de la lucha antidopaje.

Tuve la fortuna de que uno de los maestros de mi vida fuera Paco López, uno de los mejores entrenadores de la historia de nuestro atletismo, y una persona íntegra y de sólidos principios. Gracias a él, compartí pista y hasta entrenamientos con los mejores velocistas y saltadores de altura del momento. De la mano de todos ellos comencé a percatarme del peligro que acechaba al deporte. Corrían los años 80 y las prácticas ilícitas comenzaban a ser habituales en algunos círculos.

El atletismo es la esencia del deporte, así que es fácil detectar a los tramposos. Lo habitual en los atletas limpios son trayectorias pacientes de medio plazo y largo plazo, en las que el deportista- nuestra gran Ruth Beitia fue un ejemplo notorio – va cumpliendo etapas de forma progresiva pero muy escalonada. Y, aunque de vez en cuando sucede algún milagro, nadie se convierte de pollino en pura sangre en un santiamén. Los atletas de cada generación comparten entrenamientos y competiciones durante muchos años: se conocen al dedillo. Por eso, cuando los prodigios se convierte habituales y proceden siempre de los mismos entornos los detectores de mentiras se iluminan.

Desde entonces y hasta ahora, el dopaje ha creado grupos y dividido a los atletas, entre los que respetan su deporte, las normas y a sí mismos, y los que buscan atajos tramposos que arruinan a sus colegas y, cuando son descubiertos, causan un enorme perjuicio al atletismo. A diferencia de otros deportes, el discurso de los atletas dista de ser unívoco y la relación entre ellos no se corresponde con el silencio encubridor que se ha sembrado en otras disciplinas hasta convertirlas en un campo de uniforme oscuridad. La tensión latente entre ambas facciones desde los años 80 hasta nuestros días se ha manifestado en ocasiones en las propias pistas con discusiones, voces y mensajes a favor de las prácticas éticas y en contra de los farsantes.

De la misma forma, los portavoces del colectivo de atletas en las mesas de encuentro y en las comisiones correspondientes (Antonio Sánchez, Arturo Ortiz, Anacleto Jiménez, Raúl Chapado, Elena García Grimau o Diana Martín, entre otros) se han alineado siempre con el endurecimiento de las sanciones, la ampliación de los plazos de prescripción y la reducción del número de circunstancias atenuantes y eximentes. En definitiva, siempre han querido ir mucho más allá de la normativa española que todavía hoy conserva gateras por las que se escapan muchas veces los culpables.

Después de tantos años, ahora apartado de la práctica y de los puestos de responsabilidad en el deporte, pero ligado a la actualidad como cronista y aficionado, sigo con atención aquello que me apasionó y me sigue apasionando. Por eso, a raíz del reciente caso de dopaje relacionado con Fifa, he querido romper una lanza- quizá hubiera debido decir una jabalina- en favor del atletismo español. Merece la pena.

 

 

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