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Luka Doncic: Magia blanca


De cuando en cuando aparece un ejemplar que rompe moldes con la línea evolutiva y marca el futuro de la especie. Tan excepcional es el caso que nos ocupa, que incluso un servidor, que rechaza por inútil e injusto comparar generaciones y épocas, no tiene más remedio que afirmar que no ha visto en toda su vida un jugador de 18 años de la magnitud de Luka Doncic.

Arvidas Sabonis, Drazen Petrovic, Tony Kukoc y Ricky Rubio fueron talentos que llamaron la atención del planeta baloncestístico por su precocidad. Pero ninguno, ni siquiera MagicJohnson, se acercó a este esloveno con cara de no haber roto un plato en su vida y que sorprende tanto por su madurez en la cancha como por su normalidad fuera.

Este humilde cronista tuvo la fortuna de cruzarse en la final del Torneo Internacional de Mannheim de 1977 (lo que entonces se consideraba un campeonato del mundo oficioso de la categoría júnior) con una selección estadounidense plagada de figuras que terminarían jugando en la NBA, capitaneadas por un espigado jugador de sonrisa contagiosa y pelo “afro”. Huelga decir que en aquellos años del telegrama, la primera vez que nos enfrentamos no teníamos ni idea de que el mago de Michigan ya era un personaje en su país.

No tardamos en enterarnos. Cada vez que pisaba el parqué de la base norteamericana de  Mannheim donde tenían lugar algunos partidos del Torneo, el público enfervorizado que abarrotaba las gradas, en su mayoría militares, lo aplaudía y jaleaba ruidosamente y sin cesar. Un detalle aún más significativo nos llamó en seguida la atención: el jugador ya llevaba escrito sobre su espalda el alias que le haría famoso en todo el mundo. El joven ya era Magic.

Por cierto, en aquel equipo español, el germen de la selección que ganaría la medalla de plata siete años más tarde en los JJ OO de Los Ángeles, había muchos cachorros madridistas: Fernando Romay, Juanma Iturriaga, “Indio” Díaz y Juan Miguel Goenechea. Todos harían fortuna en el baloncesto excepto este último, no porque no quisiera, que condiciones le sobraban, sino porque recibió la llamada del Derecho: nuestra sociedad perdió un gran jugador pero ganó un magnífico jurista. Completaban la excelente camada-modestia aparte-, Epi y Fernando Arcega, que se incorporó al año siguiente para la disputa del Europeo.

Puestos a jugar con la máquina del tiempo y con las reservas que generan la memoria que inventa y las comparaciones extemporáneas, a la tierna edad en la que Doncic es un armario al que muy pocos adultos pueden mover en Europa, Magic Jonhson era un jugador más brillante e imprevisible, pero menos maduro. Además de su singular polivalencia, lo más asombroso de Luka es su transformación en un jugador definitivo en la Euroliga, una competición poblada de grandes jugadores europeos y mercenarios americanos con el colmillo retorcido por mil batallas.

Doncic emborronó el curso pasado con un cierre amargo. Abrumado por la responsabilidad de suplir a Sergio Rodríguez y aturdido por incurrir en fallos impropios de su calidad, se enfrentó a una situación nueva que, por primera vez en su corta carrera, no supo manejar. Decidido a olvidar cuanto antes lo ocurrido, el base esloveno volvió en pleno verano para convertirse en una de las piezas básicas de su selección que terminaría por dar una sorpresa mayúscula al proclamarse campeona de Europa. La suficiencia que mostró entonces y la que derrama en la presente temporada cada vez que defiende la camiseta del Madrid no deja lugar a dudas. Luka ya es mayor de edad.

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