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La transformación, ese defensa que ni Messi puede eludir


Hace escasas semanas, Sampaoli, el seleccionador argentino de fútbol, hacía unas declaraciones asombrosas: “A Messi no se le puede enseñar nada”. Aunque para  mi sorpresa la aseveración fue recogida con asentimiento por los medios y analistas de este deporte, no creo siquiera que el entrenador creyera firmemente en lo que dijo. No hay que ser un estudioso del fútbol para darse cuenta de que el propio Messi está en evolución constante y su posición en el campo y su estilo de juego no tienen nada que ver con el de hace unos años. De hecho, ha llevado a cabo  cambios profundos en su estilo de vida desde que era un joven impetuoso. Uno de los más relevantes salió a la luz hace unas semanas cuando afirmaba ante una televisión argentina que había abandonado su alimentación desordenada y de comida basura. Así que imagino que las palabras del preparador escondían la dificultad de gestionar el encuadre de una estrella que genera un terremoto cada vez que pisa una cancha de fútbol.

Pero si yo hubiera sido Messi me hubiera hecho preguntar por algún periodista afín -sí, estas cosas se hacen- si de verdad lo sé todo y mi capacidad de mejora ha llegado a su tope. Y hubiera respondido con humildad que estoy lejos de ser el jugador perfecto y que me queda mucho por aprender. De hecho, la constatación de esta realidad no ha tardado en producirse. Por tercer año consecutivo, Messi, para muchos el mejor jugador de la historia, pasó por la competición más importante, la Liga de Campeonas, sin pena ni gloria y su equipo fue eliminado. O podríamos decirlo de otra forma. Messi, el hombre capaz de dejar atrás todas las defensas, no puede sortear la transformación.

Desde que nuestros ancestros originales vivían en los árboles y caminaban sobre las cuatro extremidades comiendo hojas y tallos hasta hoy, nuestra especie ha estado en constante evolución, aunque con una esencial diferencia. Nuestros antepasados contaban los cambios cada millones de años, luego cada cientos de miles y miles y, últimamente, cada cientos de años y décadas. Pero el imparable movimiento al que el sapiens ha sometido el mundo moderno nos obliga a estar en un permanente estado de transformación. Las adaptaciones ya son fruto de escenarios que se cuentan en años, en semanas y hasta en días. Las consecuencias que se derivan de este estado de las cosas son innumerables, entre otras que es preciso estar en un permanente estado de alerta para no quedarnos en la estación del tren de alta velocidad -dentro de nada un hyerloop–  en el que viaja el planeta. Lo que hoy nos exige nuestro mundo es la transformación permanente. Y nadie, ni siquiera los mejores, están al margen de ella.

De forma inapelable, el primer paso para conseguir la transformación que nos exige nuestra escena, es la asunción de su inevitabilidad. Solo instalando la creencia en nuestra cabeza de que el mundo no se detiene seremos capaces de estar en constante movimiento.  Así que si algún día escuchas que lo sabes todo o que ya no puedes aprender más, levanta la mano para replicar, no sea que a la vuelta de la esquina la realidad te desmonte de un sopapo tu supuesta sabiduría.

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