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Wayne Brabender, un vikingo en las playas de Israel


Ciertamente, el paso de la edad nubla mi cerebro o al menos lo distrae y lo lleva por caminos que uno no pretendía recorrer. La anterior entrega de esta serie me condujo a las conversaciones telefónicas de un bailarín del parqué, Rafael Rullán Ribera, la triple R, que además de unos pies armonizados era dueño de una muñeca de seda. En realidad, mi propósito inicial era relatar una historia de otra leyenda madridista. Si Rafa, para los amigos, nació en uno de los lugares más orientales de nuestra España, Palma de Mallorca, nuestro protagonista vio la luz por primera vez a miles de kilómetros hacia occidente, en la lejana Minnesota. Montevideo, una ciudad del condado de Chippewa, fue el lugar en el que nació Wayne Brabender Cole, el jugador más indómito que haya vestido la camiseta blanca.

Con ambos daba este humilde cronista sus primeros pasos en la selección española absoluta en la primavera de 1979 -donde nos habíamos quedado en el capítulo anterior-, dejándome llevar por sus consejos y el magisterio de su baloncesto. Los planes del equipo nos habían conducido a Israel, en cuyo territorio permanecimos concentrados más de una semana, y siento no poder precisar más. Pero sí que puedo afirmar que por aquellos años, en el quinquenio 1976-81, acaeció la explosión definitiva del Maccabi Tel Aviv, hasta convertirse en el equipo de Israel. A partir de sus éxitos, el joven estado decidió volcarse en el baloncesto como su deporte popular, quizá por la influencia estadounidense, tal vez por la mayor dificultad de construir un equipo de fútbol que pudiera competir a nivel europeo.

Entre todos los clubs, el equipo de Tel Aviv, el centro económico y la capital cultural, emergió como el más poderoso. Tal Brody fue el hombre que logró el milagro. Judío nacido en Estados Unidos, fue seleccionado por los Baltimore Bullets en el duodécimo lugar del draft de la NBA de 1965. Por los avatares de su vida terminó jugando en el Maccabi, irremediablemente atraído por el reto de insuflar vida al baloncesto en el moderno e inestable estado de Israel. Mr. Basketball, así lo conocen allí, una biografía digna de ser contada, quizá en otro momento.

La suerte estaba echada. Con la inestimable aportación de Brody, el Maccabi no tardó mucho en competir en la Copa de Europa y en convertirse en una de las atracciones del campeonato. Los viajes al estado israelí, aún en los momentos de máxima tensión, se convirtieron en una tradición anual, al tiempo que los duelos entre los amarillos y los blancos devenían en uno de los clásicos europeos más longevos y, sin duda, el más caliente, dentro de un ambiente de respeto y admiración recíprocas.

Así, de tanto repetir partidos y de verse las caras cada año, los jugadores madridistas se convirtieron en personajes extraordinariamente populares en Israel. El poderoso Luyk, el cerebral y asimismo potente defensor Vicente Ramos, (el encargado de la vigilancia de Brody) y el mortífero anotador Wayne Brabender eran reconocidos por la calle con cortesía y entusiasmo. El baloncesto era un símbolo en torno al cual se aglutinaba el país y los actores que participaban en la emblemática batalla unos héroes honrados por el pueblo.

De forma que cuando pisé Israel por primera vez me llamó poderosamente la atención, no solo la popularidad de los mitos madridistas, sino la veneración que se les profesaba. Los amables intérpretes que nos acompañaron aquellos días, Nahum y Yácob, judíos de origen sudamericano, se dirigían a ellos con una consideración exquisita que revelaba el estatus que gozaban entre la población.

Quiso el azar que una de aquellas noches mi intestino se revelara con unos retorcijones que me despertaron y me doblaron, tanto que no tuve más remedio que molestar a Jorge Guillén, el eterno galeno del Joventut de Badalona y de la selección española baloncesto, que también lo fuera de la de fútbol durante un tiempo. Ignoro la causa de aquel contratiempo que no se ha vuelto a repetir, por fortuna, pero que me apartó de la excursión programada a Jerusalén en el día libre de aquella concentración.

Ya que Rullán y Brabender eran expertos conocedores del terreno declinaron la propuesta y se tomaron un día de asueto en Netanya, la ciudad del Distrito Central de Israel donde residíamos a orillas del Mediterráneo oriental. Me visitaron en la habitación y, puesto que me encontraba bastante repuesto, salí a dar un paseo con Wayne antes de la hora del almuerzo. Nos sentamos en una de las playas cercanas a charlar un rato mientras recibíamos los pálidos rayos del sol primaveral cuando, de repente, comenzó a sonar la megafonía del lugar: “Ladies and gentlemen, tenemos la suerte de que hoy está con nosotros el jugador del Real Madrid, ¡Wayne Brabender!”. Inmediatamente, todas las personas que estaban tumbadas sobre la arena se levantaron y empezaron a aplaudir en busca del jugador. No tardaron mucho en localizarnos, por lo que Wayne no tuvo más remedio que ponerse de pie y saludar tímidamente, con el rostro visiblemente enrojecido a causa de la turbación del momento y de su blanca piel, de ascendencia noruega. Siempre humilde, cuando cesaron los aplausos, me miró y me dijo: “será mejor que nos vayamos”. Y lentamente, agradeciendo los reconocimientos, abandonamos la playa para refugiarnos en un café cercano.

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