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Walter y Clifford, dos símbolos de una leyenda (6ª parte)


El tiempo calibra la dimensión de los personajes y la memoria da vida a los mitos. Quizá Walter no era tan bueno o quizá era incluso mejor de lo que cuento. Dicen que una película sólo se convierte en obra maestra si aguanta el paso de las décadas. De nuestro protagonista quedan pocas filmaciones y de mala calidad, aunque bastan para corroborar lo que me dictan los recuerdos y el conocimiento. La figura de Walter Szczerbiak soporta el paso de los años y soportará el paso de los siglos, porque ya es un mito. Los mitos son más trascendentes y nos enseñan más que la historia. La historia sólo habla de hechos e intenciones. Los mitos reflejan las emociones de los pueblos.

Walter recae en el lugar y en el momento más apropiado para el Madrid. Completa un gran equipo hasta convertirlo en uno de ensueño y trae consigo un ánimo renovado con las nuevas costumbres del baloncesto norteamericano. El tirador de Pittsburgh se comunica constantemente con sus compañeros, además de con palabras, con los gestos que ya están en boga en las ligas profesionales. Todo el Pabellón se entera de la calidad de los pases de Vicente Ramos y Carmelo Cabrera, porque los señala con el brazo y el índice extendidos, congelando la muestra como un pointer de pura raza, y los locuta con entonación americana para que el mensaje no se le escape a nadie: “yo soy bueno, pero no podría hacer nada sin los pases de mis compañeros, que también son muy buenos”. Por si necesitara expresar más lo que disfruta jugando al baloncesto con estos compañeros, choca sus manos a diestro y siniestro. Los “give me five” se propagan entre ellos y, aún más, los suaves golpecitos en los glúteos para felicitar o trasmitir tranquilidad, algo que causa cierto escándalo entre los sectores más reaccionarios de la época, ¡hombres magreándose en público! Sin embargo, hoy sabemos que los efectos de los nuevos códigos van más allá del carácter simbólico que muestran y de los cotilleos que generan. Modernas investigaciones concluyen que el contacto afectuoso de cualquier tipo dispara la segregación de hormonas que regulan la motivación y la confianza. Además, los entrenamientos se salpican de chascarrillos en inglés, entre ellos, el que significábamos en el, ya lejano, primer capítulo de la serie: cuando el defensor llegaba tarde y desesperado para cubrir su lanzamiento, de su boca siempre salía un jocoso “too late”. Por último, rebautizó a algunos de sus compañeros, acortando sus nombres y empapándolos de aroma estadounidense. Rafael Rullán fue “Raf” en la intimidad, y un servidor se quedó para siempre con Joe, You (¡!), incluso Llou (¡¡!!), que de todas formas ha sido escrito el alias que inventó Walter.

Los novedosos hábitos encajan como anillo al dedo en las tradiciones del equipo, que desde hace años considera fundamental potenciar las relaciones humanas para su buena marcha. Quizá antes existiera algún otro del que no tengo constancia, pero Emiliano fue ya un líder ocupado en tejer una red afectiva que trascendiera al deporte. Walter lo señala en sus declaraciones a este humilde cronista, “tuvimos mucha vida social, salíamos a los restaurantes y así, con los compañeros y sus parejas”. Por cierto, que este ambiente de camaradería ha seguido vivo, con alguna pequeña laguna, hasta el día de hoy. El Madrid de Laso y Juan Carlos Sánchez se construyó sobre los mismos sólidos cimientos, con los que continuó la tradición y dieron vida a un equipo que sigue escribiendo una trayectoria que se recordará tantos años como se recuerda la de aquel equipo glorioso de los años 70.

Walter llega en el momento justo en el que Clifford Luyk comienza su lento declive para compensarlo. El hombre que cambió la suerte del baloncesto español, tanto en el Madrid como en el equipo nacional, acaba de cumplir treinta y dos años de incontables batallas. Su desgaste en cada partido es formidable, porque no se conforma con ser el ala-pívot más dominante de Europa. Es el alma de un equipo al que complementa en todas sus posiciones, un Di Stéfano del baloncesto. Tira desde la bombilla y desde la esquina, rebotea con contundencia, bloquea con dureza, pasa el balón por detrás de la espalda y con una mano, lanza ganchos con las dos y hasta bota como el base si después de capturar el rebote ve el campo abierto. Es un alto con espíritu de base, un matemático (un licenciado en Exactas, si queremos ser exactos) al servicio del colectivo. Pero ya sabemos que el tiempo que nos ayuda a calibrar la dimensión de jugadores como él, también es su peor enemigo. Treintaidós es una edad avanzada para un deportista de una época en la que se distribuyen las cargas de entrenamiento por intuición, las zapatillas son más parecidas a unas alpargatas que a las que hoy disfrutan los deportistas de élite y los médicos diagnostican con los escasos medios y menores saberes que los que hoy tienen. Los fisioterapeutas no existen, al menos en la plantilla del Real Madrid. En resumen, la frontera de la treintena es un límite que amenaza a los deportistas con un declive inminente. No obstante, Luyk aguanta la embestida del paso de los años con la pasión de un joven y la determinación de un guerrero curtido en mil contiendas. Por fortuna, su aportación aún será impecable un par de temporadas más, lo que es mucho decir de uno de los jugadores más completos que uno ha visto en los demasiados años que lleva analizando este bendito deporte.

(Continuará, si es que fuera necesario añadirlo)

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