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Walter Szczerbiak (3ª parte)


«El Madrid tenía los conceptos de juego que me gustaban»

La conversación con Walter fluye caudalosa, natural. Su voz profunda, cálida, con un matiz estadounidense apenas perceptible, yuxtapone sus emociones en el baloncesto y en la vida. Apenas tengo que intervenir para encauzar su relato, pues enlaza sin esfuerzo experiencias y anécdotas, como si uno de sus pasatiempos en Estados Unidos fuera recordar su estancia en nuestro país. Cuando llega a Madrid en julio del 73 conecta con sus compañeros desde el primer día, aunque de España sólo conoce su nombre. El lenguaje del deporte es universal, por eso une a los pueblos. ”Jugaban el mismo baloncesto que yo, rápido, manejando los espacios y moviendo el balón en busca del hombre libre. Wayne (Brabender) y Clifford (Luyk) me ayudaron mucho al principio, y, en seguida, apareció Carmelo (Cabrera) con su alegría y sus pases”. Walter lo cuenta con tal cantidad de detalles y fluidez que parece que fue ayer, y, en cierto modo lo es, pues pervive en la memoria de muchos aficionados que recuerdan aquel equipo como el mejor que hayan visto en su vida. Sin embargo, no todas las sorpresas son agradables. En el hotel Cuzco no hay aire acondicionado, únicamente emiten dos canales de televisión con horario muy reducido y programas informativos de ámbito nacional y en los restaurantes predomina el profundo olor del aceite de oliva frito. En conjunto, Madrid le parece muy tranquila, hasta aburrida, pero lo que más le incomoda es la sequedad del ambiente, él que ha vivido siempre rodeado de humedad y verde.

Después de unos días de entrenamiento en el Pabellón de la Ciudad Deportiva llega el partido contra la Universidad de Indiana, dirigida por el emblemático Bobby Knight. A eso ha venido. Es el nudo del acuerdo. Ante su asombro, Pedro Ferrándiz, siempre haciendo de las suyas -a saber cuáles eran sus solapadas intenciones-, no le saca de titular. “Salió Paniagua”, me señala, y me sorprendo una vez más por su memoria tan fresca. No importa. Cambia el rumbo del encuentro nada más entrar en la cancha con una exhibición que lleva el sello de un jugador soberano. Puntos y más puntos, incluso muchos más de los que los espectadores en la grada calculábamos. Walter anotaba con tanta facilidad que siempre daba la impresión de que había conseguido menos puntos de los muchos que había logrado. Aquel día, incluso dos mates con una mano, al estilo del Dr, J. Un tercero fallado se va hasta el medio campo, ante el regocijo de los espectadores, impulsado por la fuerza con la que el alero quiso hundir el balón. Recuerda que «la afición animó mucho y parecían muy contentos» y yo le cuento que los que estábamos allí en seguida nos arrancamos con el cántico “que se quede, que se quede”. Al final del enfrentamiento, treinta y siete puntos, y al día siguiente, el diario As lo bautiza como Caramelo Walter. Está tan moreno y tiene el pelo tan voluminoso, casi afro, que aparenta un mestizaje indescrifable.

En resumen, el aterrizaje fue sencillo. No le costó nada compenetrarse con el resto del equipo. “El Madrid tenía los conceptos de juego que me gustaban y venía de entrenar con los mejores- Rick Barry, Julius Erving-, así que los chicos de Indiana eran como juveniles para mí”, cuenta con naturalidad y sin presunción. Además, en aquel momento siente que está un nivel por encima de los presentes por su experiencia en el baloncesto profesional y por los entrenamientos con sus estrellas. Le gusta medirse con ellas en los torneos veraniegos, costumbre que no abandonará hasta que la cabeza le diga basta. Sin embargo, capta con rapidez la calidad los jugadores del Madrid. No solo Luyk y Brabender, los locos bajitos también saben jugar al baloncesto. “Los bases eran magníficos, Vicente (Ramos), tan estable, y Carmelo (Cabrera) tan imprevisible. Juan (Corbalán) todavía era joven, aunque ya se intuía que iba a continuar la estirpe. También Cristóbal y Paniagua eran serios (en el trabajo diario) y tenían talento”. Walter es una persona educada y muy respetuosa, pero nunca regala elogios. Con el paso de los partidos calibra el peso de sus compañeros. Por fortuna, es capaz de detectarlo desde el principio. Juntos escribirán uno de los mejores capítulos de la Historia del baloncesto europeo.

Traba una gran relación con todos. No obstante, hay uno con el que conecta desde el principio de forma singular. Carmelo Cabrera es un tipo especial que percibe la vida con el colorido y la calidez de sus Islas Afortunadas. Al que haya tenido la suerte de verlo jugar basta con que le cuente que es igual fuera que dentro de la cancha. Imaginativo, alegre, siempre con una sonrisa que preludia novedades inesperadas, como si no se tomara del todo en serio ni los partidos ni la vida. En su particular narración de lo que ocurre a su alrededor, Carmelo comenta que fue decisivo en el fichaje de su amigo del alma. Para empezar, se atribuye la inexistente categoría de ¡probador de americanos! “Después del primer entrenamiento los retaba a jugar uno contra uno a diez canastas, (en la modalidad de que el que encesta sigue atacando). Les cedía el primer balón por cortesía y les flotaba con fintas para que lanzasen desde 5 metros y medio o 6 metros. Tarde o temprano fallaban, me hacía con el balón y ganaba el desafío. Cuando llegó Walter repetí la operación. Me ganó 10 a cero. Me volví hacia Ferrándiz y le dije, Pedro, hay que fichar a este tío”, y se pone medio serio para dar credibilidad a su historia, aunque el brillo pícaro de los ojos le delata.

Acatara o no la recomendación de Cabrera, lo cierto es que el entrenador madridista se mueve con rapidez tras la exhibición contra Indiana. Ferrándiz podría ser cualquier cosa, menos un tipo lento. En seguida se da cuenta que tenía a tiro al sucesor de Emiliano que anda buscando, en la medida que se puede sustituir a un mito por otro. La misma noche, después del partido, diseña una cena con Bobby Knight, Clifford y “creo que Víctor de la Serna”. Walter está casi seguro, pero por una vez la memoria se le agrieta y, por si acaso, se acoge al comodín del adverbio, no sea que un mínimo detalle vaya a restar veracidad al relato.

La oferta del Madrid es extraordinaria, no sólo por las cifras sino por la duración, cinco años, “con la opción de salir cada final de temporada”, el señuelo de Ferrándiz para ablandar la actitud del estadounidense. El jugador agradece la oferta, pero solicita un plazo para meditarlo: en su caso, cambiar de equipo es cambiar de mundo. Tiene que consultarlo con sus agentes americanos y, sobre todo, con Marilyn, su esposa. “Si teníamos que venir a vivir juntos a Madrid la primera opinión era la suya”. Aún hay otro asunto importante en el aire que depende del propio jugador. Walter sueña con una carrera profesional larga y estable en el baloncesto profesional norteamericano, tan cerca que está de conseguirlo. Walter sueña con los Buffalo Braves y Ferrándiz sueña con Walter.

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