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Walter Szczerbiak (1a parte)


El Bernabéu despliega su sombra sobre la terraza cubierta de José Luis, un vértice clásico de los madridistas, un lugar de encuentro para socios, simpatizantes y, hubo un tiempo, que hasta para jugadores. Hemos elegido el mejor lugar para recibir a un amigo del alma, un compañero de mil batallas que de vez en cuando regresa al Madrid que tanto añora. Solo hubiéramos encontrado un mejor emplazamiento para el reencuentro, pero la Ciudad Deportiva y el Pabellón del Paseo de La Castellana hace tiempo que no existen.

Cuando me asomo a la umbría del salón me encuentro a Juanma Iturriaga de forma inesperada, no tanto por su presencia como por haberse adelantado al resto. Me explica que andaba haciendo alguna chapuza por el barrio y que ya no le merecía la pena ir a ningún otro sitio. Y yo le cuento que he quedado allí para entrevistar a Walter antes de la comida, pero ya comienzo a temerme que Mr. Too Late hará honor a su nombre. Poco a poco van llegando todos, los héroes de mi adolescencia, y hasta mi niñez. Llegué a jugar al baloncesto gracias al Madrid, a Emiliano, a Luyk y al resto, que van goteando su presencia, mientras las emociones van invadiendo la atmósfera, también las mías. Los veo muy a menudo, y llegué a jugar con la mayoría, pero no puedo evitar que una parte inconsciente de mi cerebro los perciba hoy con el respeto y la admiración de cuando fueron mis ídolos. Vicente Ramos, Rullán, Cristóbal, Toncho Nava, Prada, Paniagua y Beirán, todos esperando al que debería haber llegado primero. Hoy es una ocasión especial, porque se reúne el excepcional equipo de los 70. Sólo faltan John Coughran, en Estados Unidos, y Fernando Romay, en algún lugar de España, por la que gira sin cesar. Por fin aparece Walter, con su sonrisa contagiosa, sus manos enormes y una simpatía innata que le sigue acompañando. Llega con la encantadora Marilyn, su pareja de siempre, y su inseparable Carmelo Cabrera, su amigo, su socio en la cancha con el que formó un dueto que se movía con precisión telepática. Y para no variar, como desde el día que se conocieron, se echan el uno al otro la culpa del retraso. Hay cosas que no cambian nunca.

Todos nos levantamos para recibirlo. Para abrazarlo. Walter tiene frases de saludo para todos. “¡Luis Mari (Prada), el hombre que secó a Bob Morse!”, anuncia en voz alta. Y lo rodea con un abrazo poderoso y tierno, el mismo que nos dedica a todos. El “secado” a Morse sucedió en la final de la Copa de Europa de 1978, cuando por las circunstancias del partido, nuestro cuatro tuvo que emparejarse con la bestia anotadora del Mobilgirgi Varese. El cambio de marcaje, junto al genio de Cabrera, definieron el signo del encuentro. Y con el apoyo del resto, claro, que aquél era un equipo en el que todos daban la cara, según el día, en lo que tocara.

Al cabo de un rato, es día laborable, llega Wayne Brabender y se sienta a su lado. Durante unos segundos me quedo embobado contemplándolos. Hacía tiempo que no los veía juntos. ¡Qué buenos eran! Sin duda, la mejor pareja anotadora de aquellos años.  Un dúo que guarda la sintonía afectiva de los buenos tiempos. Walter le recuerda un partido en el que fue expulsado por cinco faltas, y Wayne simula no acordarse: “¿yo?, ¡si nunca hacía faltas!”. Y todos nos reímos ante la respuesta de uno de los jugadores más duros de la historia del Madrid.

Por último, entra Corbalán, que viene de Toledo, para completar el cuadro. No falta nadie, salvo los citados, del equipo al que mejor vi jugar durante tantos años. Un equipo elegante, rápido, certero ¿Quién da más? Después de los saludos, los recuerdos, las anécdotas, unas fotos, y las sonrisas que adornan la escena sin parar. Es un encuentro de amigos, de colegas, de personas que han sufrido y triunfado juntos muchas veces. Cada uno tiene su batalla y casi todos están en las de los demás. Cuanto más tiempo unidos, más fuertes son los lazos y en esta sala hay muchos que han vivido juntos casi un cuarto de vida. Pero, al fin, la ceremonia continúa y la entrevista será otro día, mañana quizá, a mí que me importa con lo que estamos viviendo. Walter levanta la copa y pronuncia el brindis con el tono adecuado, “¡por la mejor familia del mundo!”. Y todos, la felicidad en el rostro, compartimos las palabras del tirador de Pittsburgh.

Al día siguiente está esperando en el vestíbulo del hotel sede de la Copa del Rey, puntual como habíamos quedado. Nos saludamos efusivamente de nuevo, nos sentamos en uno de los salones, enciendo la grabadora… y ya está, casi ni hace falta que haga ninguna pregunta. Walter es un gran conversador y tiene una memoria extraordinaria. “Cuando llegué no conocía apenas nada, ni de España, ni de Madrid, aunque sabía un poco de español. Pero me quedé, porque tuve la intuición de que – junto con aquellos compañeros-, íbamos a hacer grandes cosas”.

 

(fin de la primera parte).

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