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Vicente Ramos: el base patrón (IV)


Mañana, este humilde cronista entrará en la tercera edad sin ninguna clase de desasosiego. No solo porque uno espera vivir la quinta-aspirar a la sexta edad me parecería un rasgo de autosuficiencia innecesario-, sino, sobre todo, porque uno comienza a recrearse con la quietud con la que observa el mundo. Es la paradoja de la vida. La juventud se vive a todo trapo, aunque el tiempo transcurre con lentitud, y cuando los años pasan de forma vertiginosa nos detenemos a observar cada detalle. Será por la proximidad del cumpleaños, porque la paradoja se está apoderando de mi espíritu, o quién sabe si el deterioro neuronal también juega en este partido, no hay quien me saque de este ritmo tranquilo que nos permite saborear todos los pormenores que rodearon al gran Vicente y a su tiempo. Ya que no pude hacerlo en su momento, cuando era un adolescente con las hormonas aceleradas, me aplico a hacerlo ahora, en un ejercicio de autocontrol y sabiduría propio de quien ya tiene menos tiempo por delante de lo que le ha tocado vivir. Así estamos.

Sin lugar a dudas, Vicente Ramos fue uno de los mejores jugadores europeos entre los finales sesenta y los mediados setenta. Criado en los patios del Ramiro y moldeado en la cantera del Estudiantes, nuestro personaje formó un tándem memorable con otra leyenda del baloncesto, Aíto García Reneses. Vicente creció tanto y tan rápido que el Madrid no tuvo más remedio que ficharlo, hechos uno para el otro. Al tiempo, su clase llamó la atención de equipos profesionales de Estados Unidos en 1968, los Cincinatti Royals-hoy en Sacramento- y los Pacers de Indiana; y fue elegido el mejor base europeo en 1970. Un año más tarde, el legendario Dean Smith le señaló como el mejor jugador del Madrid de Emiliano, Luyk, Brabender, Cabrera, Rullán, y Paniagua al término de la celebérrima final del Torneo de Navidad de 1971. Una distinción que por sí sola engrandece una carrera.

Sin embargo, ahí no acabó la historia los enfrentamientos con North Carolina. Tres años más tarde, con otro equipo deslumbrante, los norcarolienses se presentaron en la capital para celebrar las fiestas navideñas con nosotros. Los aficionados y, más aún, los jugadores nos frotábamos las manos ante la oportunidad del desquite. El torneo fue el más espectacular de cuantos se celebraron, porque amén de la revancha citada, asistimos a una de las más encarnizadas rivalidades que hayan tenido lugar en las canchas de baloncesto. La de Cuba contra cualquier equipo estadounidense que se cruzase en su camino. Medalla de bronce en los JJOO de Múnich-72, la selección cubana no perdió ocasión de medir su agresividad con la de sus vecinos. A aquellos poderosos jugadores, de los que ya hablamos en el capítulo anterior, les impulsaba la fuerza de la revolución y unas piernas diseñadas por la evolución selectiva de siglos de esclavitud y los extenuantes entrenamientos con los que afloraron las joyas del atletismo cubano: Juantorena, Casañas y, más tarde, Sotomayor y Pedroso.

Pero la atracción del Torneo de Navidad de 1974 fue sin duda el retorno del equipo de baloncesto de la Universidad de Carolina del Norte, una de las más emblemáticas de Estados Unidos. Mucho más allá de haber acogido en su seno a uno de los mejores deportistas de todos los tiempos, Michael Jordan, North Carolina tiene un sitio en la Historia por ser la universidad pública más antigua del país. En 1789 se firmó el acta constitucional de la institución, cuya construcción comenzó cuatro años más tarde cuando William Richardson Davie colocó la piedra angular del primer edificio. Los estudiantes llegaron en 1795 en busca de conocimientos médicos, farmacéuticos y jurídicos, de forma que se convirtió en la primera universidad pública en otorgar títulos universitarios en toda la nación. Sin lugar a dudas, una entidad para honrar al Torneo y un rival solemne a la altura del mejor club del siglo XX.

Al frente de la expedición se encontraba Dean Smith, un entrenador que se estaba forjando una reputación extraordinaria por sus ideas innovadoras tanto sobre la táctica como sobre el comportamiento de los jugadores. Suya fue la idea de señalar al pasador con el brazo y el índice extendidos para que el reconocimiento por su contribución a la canasta alcanzara también a los espectadores del partido. Además, obligó a todos los miembros del banquillo a levantarse y aplaudir al compañero sustituido. “En un juego de equipo nadie es más importante que los compañeros de un jugador. Nadie es más merecedor de su respeto”. Y ningún agradecimiento es más emocionante, añado yo, que el de los propios colegas con los que compartes sufrimientos, esfuerzos y alegrías a partes iguales. Nada como el abrazo de un camarada.

Smith continuó impartiendo su enorme sabiduría hasta 1997, cuando se retiró siendo una celebridad en Carolina del Norte y un referente para todos los líderes empresariales y políticos de Estados Unidos. Tras su muerte en 2015, los muchos grandes jugadores que habían estado a sus órdenes brindaron un sinnúmero de honores al que había sido su entrenador por antonomasia. Michael Jordan expresó su agradecimiento infinito a la persona más importante en su vida después de sus padres. “Fue un mentor, un maestro, mi segundo padre, que siempre estuvo para mí cuando lo necesité. Al enseñarme a jugar al baloncesto me enseñó sobre la vida”. Días después de su fallecimiento se supo que había dejado en herencia 200 dólares a todos los jugadores que habían estado a sus órdenes en los equipos de la Universidad al tiempo que los animaba a que disfrutaran de una buena cena a su salud.

Así era Dean Smith, que prohibió las estadísticas oficiales en el vestuario y las sustituyó por una lista de gestos generosos elaborados por los entrenadores. Él mismo lo hacía en las ruedas de prensa, cuando en lugar de destacar a los que saldrían al día siguiente en los medios de comunicación, resaltaba la actuación oscura pero imprescindible de los que no aparecían en los números. “Jugad con inteligencia, jugad rápido, jugad unidos”. Así era Dean Smith, cuyo legado se extendió mucho más allá de su deporte y de su estado hasta convertirse en una figura respetada en todo el territorio nacional. Porque no trabajaba para él y tampoco dejaba a los jugadores que trabajaran para ellos. Siempre colocó al equipo por delante de todos y así interpretó su papel para la creación de una leyenda. No es de extrañar que, bajo este punto de vista, el Coach Smith detectara al jugador más importante del equipo, la piedra filosofal que hacía carburar al Madrid de los setenta como una máquina perfecta de hacer baloncesto. Vicente Ramos era el encargado de taponar las vías de agua de la defensa, de marcar el ritmo de los partidos y de llevar siempre el balón donde era más necesario. Nunca fue el mejor en nada, pero los mejores no lo hubieran sido sin él.

El baloncesto español también es deudor de Dean Smith y su Universidad, donde todos los años acudía de forma religiosa, en peregrinación mística, nuestro gran seleccionador Díaz-Miguel. Y allí precisamente, en el campus de Chapel Hill, donde los grandes jugadores de la Universidad desarrollaron su talento, la selección española se detuvo para entrenar unos días camino de la medalla de plata de Los Ángeles-84. Pero esa es otra historia, que volverá o no, quién puede saberlo, porque ahora ya sólo importa la Obertura de Las bodas de Fígaro que suena como parte del elegante documental, este año sobre la Ópera de Viena, el intermedio que divide el célebre Concierto de Año Nuevo.

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