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Vicente Ramos: el base patrón (I)


La noche era tan oscura que las ventanas del coche cama solo devolvían oscuridad. Pero lo cierto es que me importaba un rábano. Este humilde cronista, un imberbe adolescente, había conseguido billete para el viaje cuyo final de trayecto desvelaría la selección infantil destinada a participar en un torneo internacional de cuyo nombre no puedo acordarme. En Mataró descubrí que el catalán predominaba incluso en misa y me encontré con algunos conocidos que, de una u otra forma, me acompañarían hasta hoy en día, López Iturriaga y Solozábal, entre otros. Por fortuna, Fernando Romay todavía no había entrado en escena. Solo un año después se convirtió en una pesadilla gigante, ingeniosa, ocurrente y divertida, aunque algo cargante en ocasiones: sufre de incontinencia verbal aguda, en su variante humorística. Aún a riesgo de que la frase dé lugar a malinterpretaciones, diré que no se calla ni en la ducha.

El entrenador que nos reunió en Madrid, el ilustre José Antonio Figueroa, nos fue explicando en el tren en qué consistiría la pequeña concentración y cuál sería su régimen. En parte para que lo supiéramos, en parte para que se nos quitara el acongojo del compromiso, el primero para todos, y los nervios del trayecto. Al cabo del rato, una vez tomada la confianza y las distancias, me atreví a lanzarle una pregunta que flotaba en el aire del patio del colegio, donde los admiradores del estilo novedoso, atrevido y virguero de Carmelo Cabrera despreciaban la seguridad y el clasicismo de Vicente Ramos: “¿Cómo hay que jugar, como Cabrera o como Ramos?”, le disparé como una metralleta. Tras un breve respingo y una pausa para pensar, sentenció: “Hay que saber jugar como Carmelo, pero hay que jugar como Vicente Ramos”. Tardé unos segundos en descifrar el sentido. Cuando lo asimilé me di cuenta de la sabiduría del consejo y de lo que podía aprender de los que fueron dos de mis grandes maestros. Ya no tenía dudas. El basamento del baloncesto se llamaba Ramos.

Vicente empezó a destacar en el instituto Ramiro de Maeztu, de valor incalculable en la difusión del baloncesto. Muchos jugadores, entrenadores y directivos se formaron en un centro empeñado en criar prosélitos de la canasta como parte imprescindible de la formación de los muchachos. También generó una rivalidad sana y descacharrante con el Madrid que se trasladaba a las categorías de formación. Y, cómo no, un tránsito de doble sentido de un sinfín de jugadores que iban y venían con despreocupación, sin más castigo que las chirigotas dementes que cantaba la afición estudiantil. Hubo un momento que este camino se enturbió, sigo sin entender por qué.

Sin duda, Vicente era la joya de una cantera que no se distinguía por su estatura, sino por la calidad, la garra y las estirpes. Los Ramos, los Martínez Arroyo, los Sagi-Vela, más allá de su club, impulsaron el baloncesto español en los 60 y a principios de los 70, símbolos de una España que despertaba, antecesores del baloncesto de nuestro tiempo. Vicente se empeñó desde muy joven en amargar la vida a la cantera madridista y, en compañía deAíto García Reneses, de hacer lo propio con el primer equipo del Real Madrid. Tanto porfió en su empeño, tan pesado se puso, que no hubo más remedio que ficharlo. Ya era el mejor base español.

Más aún, me atrevería a decir que fue el primer base moderno del baloncesto español. Buen manejador del balón, con un tiro excepcional y fuerte como una roca, dominaba todas las facetas del juego, algo inusual en aquellos tiempos. No solo era capaz de anotar, sino que actuaba como un defensor pegajoso, duro, implacable. Para los entrenadores de aquel tiempo-y para un joven que observaba los partidos con los ojos de un aprendiz-, se convirtió en el base perfecto, el hombre en el que el entrenador delegaba el mando con absoluta tranquilidad, poseedor de una visión certera y global de lo que sucedía. Vicente era un gran pasador que ponía su inteligencia sobresaliente al servicio del equipo. Sobrio, seguro de sí mismo, transmitía la confianza de estar dirigiendo a sus compañeros por el camino correcto. Sin un alarde innecesario, sin regalos para la galería, el base de Ciudad Rodrigo, el león de Arturo Soria, era una computadora con alma que no fallaba nunca.

No creo que exagere ni un ápice, por lo que vi, y por lo que me contaron. Cuando la distancia entre USA y el resto del mundo era infinita en baloncesto, nuestro protagonista llamó la atención de los entrenadores de los equipos profesionales norteamericanos. Previa a la participación en los JJOO de Méjico-68 -los del black power, Fosbury y los récords mundiales en cascada-, la selección española dirigida por Antonio Díaz-Miguel disputó unos partidos de preparación contra dos equipos profesionales, uno de la NBA, los Cincinatti Royals, y otro de la extinta ABA, los Indiana Pacers. La actuación de Vicente Ramos sorprendió tanto a los preparadores que se interesaron por un jugador criado fuera de los Estados Unidos. Por cierto, que otro histórico del Madrid, Clifford Luyk, también quiso dejar su sello en el partido contra los Pacers y completó una actuación portentosa frente a los norteamericanos.

(Continuará la próxima semana)

P.D. Como curiosidades de aquellos equipos estadounidenses, contaremos que en los Royals jugaba una de los mejores jugadores de todos los tiempos, Oscar Robertson, al que le acompañaba otro que no era manco, Jerry Lucas. La franquicia, después de una parada en Kansas, recaló en Sacramento, donde continúan hoy día con el nombre de guerra de los Kings. En cuanto a los Indiana Pacers, fue uno de los cuatro equipos que absorbió la NBA cuando se disolvió la ABA, la liga del balón de colores y los vuelos del Dr.J. Los otros tres fueron los Nets, los Denver Nuggets y los Spurs de San Antonio.

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