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Una gran Copa salpicada de frustraciones: era personal


Dada mi frustración por la actuación de nuestro equipo, había diseñado como base de este escrito una enumeración telegráfica impropia de este lugar amante de la sintaxis. Bien es cierto que, con el paso de las líneas, me fui animando un poco y la opinión fue tomando cuerpo. Así pues, he de decir que, aunque en su conjunto esta edición de la Copa del Rey ha sido una de los mejores de los últimos tiempos, el Madrid solo se acercó a su mejor nivel de forma esporádica, lo que a la postre determinó la derrota ante un renacido Barcelona. La autocrítica y la lógica de Pesic han devuelto a los blaugrana a la senda de la energía y del buen juego. El Barça es ahora un equipo batallador y ordenado que aprovecha sus recursos, al tiempo que el Madrid arrastra un proceso de ligera confusión que le impide alcanzar su mejor nivel.

Sin embargo, a pesar de que la Copa del Rey de Las Palmas fue un extraordinario espectáculo de cuatro días de emocionante baloncesto, me he traído en la maleta unas cuantas frustraciones que os paso a relatar.

El Real Madrid vio truncado su palmarés de trofeos consecutivos siendo el favorito al que todo el mundo señalaba. No en vano es el líder de la Liga y el mejor clasificado de los españoles en la Euroliga. También es cierto que, tras un mes de diciembre extraordinario, el equipo está lejos de su mejor nivel. Pero este humilde cronista confiaba en que la disputa del primer título de la temporada ejerciera como revulsivo.

Y esta es mi segunda frustración: el equipo rindió por debajo de lo esperado, salvo en los arreones finales contra Unicaja y Barcelona. Más allá de los resultados, la impresión que ofreció el equipo es preocupante. El cansancio es palpable en algunos jugadores clave que han perdido frescura y les cuesta concentrarse desde el comienzo del partido. Sobre todo Doncic, del que a veces olvidamos que solo tiene dieciocho años. También la reaparición de Ayón no obtuvo el resultado esperado, ya que apenas apareció en cancha. Quizá se le debería haber probado en la semifinal previa.

Una frustración general tiene que ver con el sistema de revisión del vídeo que no alcanzo a entender. ¿Por qué hay determinadas jugadas que todavía no se pueden revisar? Cada vez hay más deportes (entre otros el tenis, el hockey, el rugby , el atletismo, el ciclismo y los deportes profesionales estadounidenses) en los que se puede revisar todo. La NBA comenzó experimentando con un catálogo limitado y tras unos años de experimentación lo ha ampliado muchísimo. En otros deportes, como el rugby, existe un árbitro de vídeo que dictamina en todas aquellas jugadas acerca de las que el colegiado en el césped tiene alguna duda. Y ya no digamos en el tenis, en el que sin importar lo que haya señalado el juez de silla, el ojo de halcón es el mandamás.

Otra más. ¿Por qué los árbitros se niegan a revisar algunas jugadas dudosas, como el fuera de fondo que precedió a un triple de Oriola que no debió subir al marcador? Lo veo con frecuencia en muchos partidos y, con franqueza, no lo entiendo. Alguna de las virtudes de un buen mediador son escuchar a las partes y ser capaz de flexibilizar su postura. Es comprensible que los árbitros se equivoquen a la hora de señalar una falta. Aunque a veces parezca inexplicable por la posición que ocupan, no siempre son capaces de captar el detalle que tienen delante. Nos pasa a todos. Y más en el baloncesto moderno, en el que hay más contacto que en un guateque con música lenta. Pero rechazar de plano la posibilidad de la decisión correcta no me parece una postura razonable.

La penúltima. Era falta personal. Hay veces que contar lo que ves genera algún tipo de tensión en tu vida, pero a la larga es la única opción. En su día escribí mi opinión acerca del campo atrás de Llull, que a este paso va a convertirse en el más famoso de la historia, lo que causó la reacción airada de madridistas que me llamaron de todo menos guapo, que es, sin duda, lo que merezco. Pues ahora digo que fue falta como un castillo y que el Madrid mereció la oportunidad de poder empatar el partido. Por su buen juego capicúa -del primer y último cuarto- y por no desfallecer en ningún momento. En esa fase del partido, el Madrid hizo honor a su leyenda de equipo irreductible.

Y la última tiene que ver con la música. Quien les escribe es un melómano de amplio espectro, pero también un enemigo de esa moda reciente -no sé si americana- que castiga a los espectadores de los pabellones de baloncesto de cualquier categoría. Allá donde entres te inundan de vatios hasta el punto de no poder ni hablar con el vecino. Esta actitud absurda de los organizadores nos privó de uno de los espectáculos de la Copa: las aficiones cantando y compitiendo entre ellas. Tanto es así que la siempre afinada y bulliciosa afición del Baskonia se tuvo que exiliar a los pasillos bajo las gradas para ofrecer un concierto de su animado repertorio. En aquellos momentos de jolgorio en torno a los hinchas vitorianos se reunieron la mayoría de los aficionados, mientras en las gradas sonaba el hilo musical propuesto por unas mentes obtusas que solo saben copiar lo que viene de otras tierras.

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