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Liga lógica para el Real Madrid de Baloncesto


Liga lógica. O la lógica de la Liga, si prefieren. La relación de esta competición con la regularidad es inapelable, incluso en baloncesto, cuya corona se disputa con la fórmula estadounidense de las eliminatorias. El Madrid ganó porque es un equipo mejor y lo lleva siendo muchos años, desde que su rival no supo gestionar la decadencia inevitable de Navarro y las prisas y la improvisación determinaron su futuro. El resultado de este desorden se ha plasmado en alegrías ocasionales y miradas de impotencia a su eterno rival. El equipo blanco, por el contrario, es un equipo lógico desde hace tiempo, construido con la coherencia de su director, Juan Carlos Sánchez, y la sabiduría de sus directores técnicos y entrenadores, Pablo Laso a la cabeza. El resto, plantilla, jugadores y demás profesionales dispuestos a solucionar cualquier problema por mínimo que sea en el momento que surja, se entrega con dedicación y empeño a sus tareas, obligados por la pertenencia al club y exigidos y motivados por unos jefes tan profesionales como ellos. En definitiva, muchas personalidades diferentes remando todas en la misma dirección, tal y como expresó Campazzo al final del partido.

La evolución del deporte moderno deja cada vez menos protagonismo a la improvisación, no tanto a la imprescindible de los deportistas, sino a la de quienes dibujan el camino de las instituciones y les dan vida. Hace muchos años que los avances de la técnica y de las ciencias relacionadas con el rendimiento (medicina, fisiología, psicología, etc.) se aplicaban en deportes individuales. Con cierto retraso se introdujeron en los de equipo, a los que hay que añadir los relacionados con la gestión del colectivo y la planificación de los fichajes. El éxito madridista se cimentó en una idea acertada que cumplía con las exigencias del baloncesto del sigo XXI: la creación de una plantilla que permaneciera y se comprometiera con el principio de la búsqueda de la excelencia colectiva. Los ya citados Sánchez y Laso, junto a los Albertos, Herreros y Angulo, diseñaron una columna vertebral de jugadores españoles y de cantera: Felipe Reyes, Llull y Carroll a los que se añadirían Rudy, Sergio Rodríguez y Mirotic. Los hombres han cambiado en estos años, algunos que fueron determinantes antes de ser traspasados y otros que colgaron las zapatillas, pero la plantilla no se resquebrajó porque Juan Carlos Sánchez y su equipo trabajan de forma incansable en la sustitución de piezas que encajen en el engranaje. Continuidad en la idea, conocimiento del negociado y constancia en el trabajo son las tres ces que han mantenido al Madrid en primera línea desde 2011.

La lógica dictó sus normas también en el cuarto y último partido. Aun y con las victorias en la temporada, la única opción que tenía el Barcelona en esta serie era la de competir atlética y defensivamente, alejar el baloncesto puro de los encuentros para convertirlos en luchas de cuerpo a cuerpo, de correr y saltar. Desde este punto de vista, el principal error estratégico de Pesic ha consistido en limitar las rotaciones cuando enfrente tenía a un equipo en el que todos sus jugadores son válidos para entrar en pista en cualquier momento. La administración de minutos de Laso y su cuerpo técnico ha sido impecable, sobre todo teniendo en cuenta el calendario exhaustivo que les ha exprimido hasta la extenuación. En estas circunstancias, el último partido se ha decidido por la reserva de frescura: los azulgranas, disminuidos por su sobrecarga de minutos y el nefasto día de Heurtel, mientras al Madrid lo dirigía un fantástico Campazzo, a la postre elegido el mejor jugador de la final. Sin embargo, si el base argentino se ha convertido en una figura importante, la pieza más insustituible y determinante es Tavares, un hombre que por sí mismo desbarata las ofensivas rivales hasta convertirlas en desatinos. Un jugador que cuando se afana en dominar el rebote se convierte en el dueño y señor de los aros. Así, taponada la fuga que había traído al Madrid por la calle de la amargura en los partidos previos, la suerte del cuarto partido y de la final estaba echada. Las posibilidades azulgranas quedaban reducidas al milagro de una actuación soberbia de alguno de sus jugadores dominantes. Pero el milagro no se produjo y la cosecha de la lógica, la coherencia y del espíritu sembrado hace años trajo un nuevo regalo a la afición incondicional de este incontestable y brillante ciclo madridista.

 

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