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Lecciones de nueva España


La nueva España de baloncesto demostró que no hace falta ser los mejores del mundo para dar lecciones. Con humildad pero con naturalidad, unidos en torno a un propósito y sin importarles sus carencias han paseado por las canchas el orgullo de hacer cuanto sabían y podían. Más allá de dos victorias, el resultado ha sido la admiración y el agradecimiento del baloncesto español que hemos vibrado con ellos desde el primer minuto de sus partidos hasta el último. Sin ninguna duda, hemos asistido a uno de los fines de semana más emotivos de la pequeña historia del equipo nacional.

“Cuando todavía no éramos nadie, ya pensábamos que seríamos los mejores”, declaró John Lennon cuando le preguntaron por las razones del éxito de los Beatles. Ignoro qué ha pasado por las mentes de nuestros baloncestistas estos días, pero seguro que por ellas se desplazaba una corriente de confianza mucho mayor que la que teníamos los que los observábamos: el pesimismo nacional es una característica propia de los españoles que comenzó con la decadencia de nuestro imperio y se aceleró con su desmoronamiento progresivo.

Esta malhadada costumbre de considerarnos mucho peor de lo que somos anida en nuestro subconsciente colectivo y no hay forma de quitársela de encima. No deja de ser curioso que esta desesperanza no tenga que ver con lo individual –territorio en el que solemos movernos con mayor autoestima-, sino en el sentimiento arraigado de que, hagamos lo que hagamos, al final nos irá regular en el mejor de los casos. Creo que ya es hora de superar este complejo.

Desde que comenzamos a sacudirnos la bota del franquismo, el país se modernizó de forma paulatina y fuimos capaces de parir una Transición a un modelo democrático que se estudia en las facultades de Ciencias Políticas de todo el mundo (como no podía ser menos, hay quien lo critica, fundamentalmente, -otra característica propia-,quien ni estuvo allí ni se hace puñetera idea de lo que sufrieron los que estaban). España ha alcanzado cotas de desarrollo inimaginables hace treinta años. Cierto que con altibajos, ya que después de cada decenio de progreso nos sacude una crisis que nos deja tiesos, los españoles nos podemos codear con los mejores del mundo en ingeniería, investigación, deporte, moda y el sistema público de Seguridad Social. Claro que tenemos que pulir nuestra democracia y seguir luchando contra  la corrupción sistémica y las desigualdades, pero también somos acogedores, solidarios (líderes mundiales en donación y trasplantes por 25º año consecutivo), nos gusta divertirnos juntos, hablar y tenemos una frutería en cada manzana y un bar en cada esquina. Por todo esto, el pianista James Rhodes ha trasladado su residencia de Londres a Madrid, donde vive sorprendido de nuestra calidad de vida, y el baloncestista Zan Tabak, pudiendo vivir en cualquier lugar del mundo, ha elegido afincarse en España.

Estas reflexiones y muchas otras que no transcribo para no extenderme más de lo que ya me he extendido, han brotado en mi cabeza por el comportamiento de unos baloncestistas admirables. Desde que tengo uso de razón, he escuchado tantas veces de bocas españolas que los rusos, los serbios, los lituanos o los eslovenos son tan buenos que es inexplicable que los hayamos ganado tantas veces. Comparados con ellos somos bajos, peludos, morenos y feos, aunque hay algo en lo que seguimos siendo imbatibles: corazón. Lo que nos falta de todo lo demás, lo compensamos con imaginación, improvisación y valentía. Y con lo que hemos visto en este grupo ejemplar: ni una mala cara ni un reproche y una voluntad única, la del equipo por encima de todas las demás.

Por todo ello, quiero mostrar en estás líneas mi respeto perenne a unos jóvenes entregados a una causa en la que casi nadie creía después de haber tenido que escuchar que eran el equipo C de España. Ni siquiera fuimos capaces de mostrarles nuestra confianza sin condiciones cuando estaba en juego el futuro del baloncesto español (la presencia en el próximo Mundial y en los JJOO y, casi más importante, la pervivencia de la Federación Española de la que depende todo el entramado del baloncesto base). Ajenos a tanto menosprecio, concentrados en demostrarnos que eran mejores que sus rivales y conscientes de la enorme responsabilidad que tenían en sus manos han cumplido su tarea  y han vuelto a su casa con la misma modestia que acudieron a la llamada del seleccionador, pero con el orgullo de haber cumplido un servicio impagable al futuro de su deporte. Seguro que nunca olvidarán lo que han hecho esta semana. Nosotros tampoco.

 

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