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La ley de la compensación, tan humana como incontrolable


Bajo la variación superficial de los comportamientos culturales de las diferentes civilizaciones puede haber mecanismos más profundos de computación mental que sean universales e innatos. Este es uno de los argumentos sobre el que se extiende el profesor de psicología de la Universidad de Harvard, Steven Pinker (La tabla rasa, 2003, Nueva York), para demostrar la implantación de patrones congénitos en nuestra forma de pensar y de sentir. En realidad, fue el antropólogo Donald Brown el que inició las investigaciones en busca de universales humanos que “comprenden rasgos de la cultura, sociedad, lenguaje, conducta y psique para los que no hay ninguna excepción conocida”. En esta lista de universales está el concepto de equidad.

Así pues, tenemos el sentido de la ecuanimidad insertado en nuestro cerebro cuya arquitectura básica se desarrolla bajo control genético, según están poniendo de manifiesto la biología evolutiva y la neurociencia, por citar algunas de las disciplinas implicadas en estas conclusiones. También la psicología social ha buceado en esta idea con diferentes experimentos que la refuerzan. La doctora, escritora y pionera en el impacto del miedo en el desarrollo empresarial en España, Pilar Jericó, publicó en junio de 2014 un escrito, en su blog de El País, titulado “Cuando creemos que el mundo es justo”, en el que analiza la creencia de que los actos buenos producen recompensas mientras que los malos nos penalizan, hasta el punto que bajo esta influencia interpretamos la suerte en la vida. (Lerner, Universidad de Kansas en los 70; Callan, Ellard y Nicol en 2006).

Por supuesto, el cableado original de nuestra especie no sigue en cada individuo el mismo desarrollo, ya que depende de nuestra plasticidad, educación y cultura. Son estas las razones que parecen indicar que la conexión genética de la equidad esté amplificada en personas entrenadas para juzgar, incluso podrían explicar que salga a relucir con cierta frecuencia, aunque los interesados intenten evitarlo. Venimos de serie con un genoma que nos determina, hasta tal punto que las emociones se apoderan de nuestro intelecto con más asiduidad de la que nos gustaría, casi ¡cada día!, para impulsarnos a hacer lo que no deseamos.

Lo mismo les sucede a los árbitros, a pesar de que se preparan durante mucho tiempo para ser objetivos, sentenciar cada supuesto de forma independiente del resto y juzgar conforme a la norma cada una de las situaciones que se les presenta. Su misión, por tanto, no es dar a cada parte lo que se merece -ya que esta postura les introduciría en un laberinto de errores del que no podría salir-, sino “simplemente” juzgar cada jugada sin tener en cuenta el resultado, el antes ni el después. Tienen muy claro, porque así se lo inculcan, que una compensación es un doble desacierto.

¿Qué ocurre entonces para que los árbitros se vean atraídos hacia esta irregularidad que observamos con frecuencia? Las emociones se apoderan del cerebro que comienza a actuar de forma impulsiva e irracional siguiendo las pautas que le marca la genética de la naturaleza humana, bien por el motivo arriba indicado, bien por la presión extraordinaria del momento, bien por otro tipo de circunstancias que puedan poner en marcha el sistema límbico, o por una conjunción de algunas o por todas ellas. Por más que lo intentan, por más que lo entrenan, los árbitros no pueden dominar sus emociones en momentos de máximo estrés, como un jugador que anota el 90% de sus tiros libres falla en el momento decisivo o un golfista puntero que yerra un putt de medio metro para ganar un torneo importante.

Creo que los hechos demuestran que los árbitros no tuvieron ninguna intención premeditada en contra del Madrid. De ser así, no hubieran dejado pasar por alto la atronadora falta sobre Singleton, ni hubieran concedido a continuación un tiro adicional a Carroll para que el Madrid se pusiera por delante. Pero, ¿cómo es posible que no señalaran la falta sobre el barcelonista? Descolocados por la velocidad de la jugada y atenazados por lo que los psicólogos llaman la holgazanería social -en román paladino, el uno por el otro la casa sin barrer-, así como por el respeto a las áreas de decisión que cada uno de los árbitros tiene asignada, demoraron un instante la decisión sobre la falta de Singleton. Cuando quisieron reaccionar Carroll estaba ya en medio campo en busca de la canasta contraria. Se les escapó la liebre. Sin duda, los árbitros habían visto la infracción, aunque no supieron reaccionar a tiempo. La jugada continuó y su entrenamiento contra la compensación y su imparcialidad actuaron de forma correcta, puesto que señalaron la falta sobre el tirador madridista que puso por delante al Madrid. Sin embargo, la jugada quedó archivada de manera tan instintiva como inevitable en el cerebro de los árbitros. Las razones por las que solo repasaron en el monitor las imágenes que concordaban con sus impulsos ancestral y emocional las explican de forma nítida-como hemos visto- la neurociencia y a psicología: no quisieron ver más repeticiones en un momento de extraordinaria tensión porque en su cerebro todo estaba en su sitio.

Al igual que la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento, la explicación de lo ocurrido no exonera de ningún tipo de responsabilidad. Fallaron porque son humanos. Pero fallaron cuando no tenían que fallar. Este es el trabajo por el que están ahí, para el que se entrenan y para el que son contratados. Pero no supieron hacerlo. Ahora, que la ACB actúe en consecuencia con el rigor exigible.

P. D. Recién terminado mi escrito, llega a mis manos un artículo del profesor de psicología Chema Buceta, experto además en psicología de la actividad física y el deporte, que se pronuncia en un sentido similar, pero que añade detalles muy interesantes.

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