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En busca del trono del Ignis de Varese


Los caminos de la ficción y la realidad se entrecruzan de forma inesperada y llamativa en la mente, amparada por las páginas de La Galerna, de este humilde escribidor. El intenso serial sobre Walter Szczerbiak y sus circunstancias se acerca a la final de la Copa de Europa de 1974 en vísperas de la Fase Final de la Euroliga contemporánea. El calendario de mi cerebro, siempre caprichoso, lleva rondando aquel partido decisivo desde hace unas semanas con la intención de hincarle el diente del recuerdo, pero otros acontecimientos han demorado felizmente la ocasión, ya que ahora, en estas líneas, se yuxtaponen dos equipos relevantes -uno al que hay que recordar y otro que todavía sigue añadiendo capítulos a su extraordinaria andadura-, que coexisten en el universo fértil de esta cabecera que lleva a gala el madridismo y la sintaxis. El Madrid acaba de acceder de forma brillante y resuelta a la gran ocasión de Vitoria tras haber liquidado al Panthinaikos por la vía rápida. También el gran Madrid de los 70 se aproxima a la final con desenvoltura, casi maquinalmente, a punto de vapulear en la semifinal a doble partido al equipo de la Association Sportive de Berck, el campeón francés que vive los mejores resultados de su historia, dos campeonatos patrios y dos semifinales europeas consecutivas. La distancia entre los dos conjuntos es descomunal, aunque a simple vista podría juzgarse menor. Están entre los mejores de Europa, incluso los galos impondrán su ley de cuando en cuando, pero el juicio sobre el parqué dictamina que no tienen ninguna oportunidad de que su palmarés recoja hitos más encomiables.

En el primer envite, disputado en el carismático Pabellón de la Ciudad Deportiva -sí, me atrevo a infundirle personalidad propia-, el Madrid revela la diferencia que existe entre un gran equipo y otro que hace historia: un espectacular 99-67 en el que nuestro protagonista contribuye con 33 puntos, una marca normal en su temporada de debut. Luyk anota 27 en un partido soberbio, y Brabender, un poco más comedido de lo habitual, “sólo” consigue 19. El resto de los madridistas rinde al nivel exigido por la ocasión y la pertenencia a una orquesta cuya sincronía levanta pasiones. Durante todo el curso baloncestístico, el juego fluye y los resultados confirman la excelencia de un colectivo que, por supuesto, tiene la Copa de Europa entre ceja y ceja tras un lustro de decepciones. En la vuelta, el resultado a favor de los madridistas es más tímido, 81-95, con alta probabilidad porque no hacía falta otra demostración apabullante. El dúo mágico de aquel momento, Brabender (26 puntos) y Walter (30), actúa como el ariete de un conjunto que vuelve a la final europea después de cinco años de ausencia.

No obstante, y pese al rendimiento matemático, lúcido y lucido de la escuadra de Ferrándiz durante toda la temporada, el favorito de la final es el Pallacanestro de Varese, el equipo italiano de la pequeña capital de la provincia homónima en la Lombardía, que, de forma casual o causal, alcanza su cénit demográfico -90.000 habitantes- en la década de los 70, coincidiendo con la explosión de un club que puede presumir de un palmarés con un botín exclusivo: diez finales de la Copa de Europa consecutivas.  El Ignis de Varese -más tarde Mobilgirgi, Emerson en sus coletazos gloriosos-, se asomó a las competiciones internacionales con un triunfo que recuerdan sus aficionados, pero también los del Madrid. El club lombardo fue el primer ganador del Torneo de Navidad en enero de 1966, que, a su vez, fue la I Copa Internacional FIBA. El trofeo navideño por excelencia sirvió, asimismo, como punto de arranque para esta competición que enfrentó durante años a los mejores equipos de varios continentes fuera de la NBA. Obstruido por su dura competencia con el Simmenthal de Milán en la Liga italiana, el Ignis aún tarda unos años en irrumpir en Europa después de su primer triunfo intercontinental. Pero cuando lo hace, su dominio es abrumador. La madurez del equipo coincide con el desarrollo como jugador de uno de los más grandes del baloncesto europeo de todos los tiempos, el poderoso y carismático Dino Meneghin, la bestia negra de todos sus rivales. Apenas cumplidos los veinte años ya es el máximo anotador de la final de la primera Copa de Europa que obtiene el club varesino. En aquella ocasión, el rival fue el TSK (según la grafía de la época) de Moscú, otro de los referentes de la competición y que gracias a contar con mayor apoyo institucional continúa ejerciendo como tal hasta el día de hoy: es nuestro rival en las semifinales de la presente edición. Entonces militaban algunos de los legendarios del equipo y de la selección soviética, Miloserdov, Zharmukhamedov y, sobre todo, Sergey Belov, el hombre que portará la antorcha olímpica de los JJOO de Moscú-80.

Lejos de conformarse con el primer título, la victoria estimula el apetito voraz de un grupo de competitivos jugadores italianos, soporte de la selección nacional y genuinos representantes de la escuela clásica transalpina de cualquier deporte, es decir, combativos hasta la extenuación y duros dentro de los límites del reglamento… y más allá, si fuera necesario. El complemento del brío y la contundencia de la legión ítala es la elasticidad de Manuel Raga, “el mejicano volador”, un escolta con un salto prodigioso que le permite anotar canastas rectificando su tiro en el aire y dueño de una velocidad felina que le privilegia con un primer paso imparable. Usando y abusando de sus virtudes, Raga destroza al equipo italiano en los JJ.OO de Méjico-68 y despierta la atención de los ojeadores lombardos que no dudan en incorporarlo a su club.  Completada la configuración con la pieza exacta, la plantilla del Ignis de Varese consigue tres títulos continentales en cuatro años, más el favor de los críticos europeos ante su quinta final consecutiva. Sin embargo, el Madrid de Vicente Ramos, Luyk, Rullán, Brabender y Walter Szscerbiak, el quinteto inicial entrenado por Ferrándiz, no acude a la cita dispuesto a rendirle pleitesía, sino a devolver a la entidad el trono que ocupó en la década de los 60, la misma en la que los Beatles de Liverpool revolucionaron la escena musical.

 

(Continuará)

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