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El Real Madrid, un club fracasado


“Estamos a muerte con Lopetegui. Sois injustos con él, como hicisteis con Benítez” (Marcelo).

No falla. Cada vez que el Madrid se extravía en la derrota entra en una crisis existencial que amenaza los cimientos de la entidad. O eso parece. Los vociferantes de rigor inundan los canales de comunicación con estrépito y conjeturas sinnúmero, teorías conspiranoicas y soluciones disparatadas. Los torquemadillas de turno condenan sin excusa lo establecido y, a continuación, proponen quemar al entrenador, jubilar a media plantilla y traspasar a la otra media. El apocalipsis madridista se extiende entre la opinión pública de forma tan insoslayable como la ley de la gravedad. Esto no puede continuar así, porque al Madrid sólo le vale ganar, braman sin piedad para sufrimiento de los merengues y disfrute de los rivales.

Lo cierto es que uno desconoce quién acuñó tal sentencia disparatada. De ser cierta, habríamos de concluir que el Madrid es un club del montón, mejor que la mayoría, pero fracasado al fin y al cabo. Si aplicamos con severidad el lema, la decepcionante realidad nos muestra que el Madrid ha conseguido triunfar en la Copa de Europa y Liga de Campeones en trece oportunidades, pero ha fallado en ¡50! Para un equipo obligado a ganar en cualquier circunstancia el porcentaje es paupérrimo.

El mismo juicio merecería el baloncesto madridista cuyo éxito quedaría muy disminuido si la vara de medir resulta ser la obligación de conquistar todo lo que se juegue. En cierta ocasión, conversando con uno de los entrenadores más laureados de la entidad, sugerí que quizá era el momento de abandonar la política de fichajes continuos, casi desesperados, que tan poco resultado estaban dando, y elevar la vista al futuro. Su respuesta fue tajante: “No puede ser. El Madrid está siempre obligado a ganar”. Mi respuesta meditada fue: “Pues entonces tú eres un entrenador fracasado por muchas copas de Europa que hayas ganado. Y el Madrid, lo mismo”.

Es un hecho que el Real Madrid ha pasado por periodos de sequía en su historia. Y no pocos y cortos, lo que por otro lado es lo natural en el mundo del deporte. En cualquier modalidad en la que exista firme y extendida competencia, las alternativas en el palmarés son el pan nuestro de cada día. Desde hace años, los medios, los métodos y los recursos humanos están a disposición de muchas entidades y personas. Resulta ridículo pensar que alguien tiene la piedra filosofal capaz de generar la victoria de forma definitiva. Este negociado no funciona así. En pleno fragor de una época de éxitos, la derrota inevitable acecha su presa, le guste o no a los vendedores de triunfos, tan aficionados a convertir el humo de la decadencia inevitable en tragedia. A falta de copas que levantar, ya se ocupan ellos de levantar escándalos. No saben que cada vez que se empeñan en menoscabar el trabajo denodado de profesionales seleccionados entre los mejores de diferentes ámbitos, sólo revelan su ignorancia o su carencia de escrúpulos.

Lo que sí cabe exigirle al Madrid es que aplique su empeño máximo en ser el mejor. Este era el mensaje que recibíamos hace años de ilustres mandatarios del club, que ellos mismos cumplían. Este recado lleva implícita la recomendación de mantener la prudencia, la sangre fría y la vista puesta en el largo plazo, al menos en el medio, en casos de decadencia y transición. Por mucho que no se quiera, los equipos o sus componentes se hacen viejos, se lesionan o se mudan con viento fresco. Y por más que se intente, los recambios a estrellas fulgurantes no surgen cada año de las canteras, los fichajes determinantes no siempre están en el mercado y el trabajo bien hecho de los rivales es incontestable. No queda más remedio que replegar velas, mantenerse fiel a unos principios y empezar a construir para el futuro. Lo contrario nos conduce a prolongar los periodos de sequía, a transformar la zozobra en permanente sin ningún resultado. La búsqueda del éxito instantáneo es uno de las perversiones de este mundo que pretende que alteremos los ritmos propios de cada circunstancia al hilo de un desarrollo tecnológico imparable que, por más que lo intente nunca podrá subvertir las fuerzas de la naturaleza. Un día sigue durando veinticuatro horas, nadie escribe hoy más rápido que Lope de Vega y Nadal, Federer y Djokovic siguen al frente del tenis mundial, por encima de unas nuevas generaciones que han dispuesto desde el principio de su carrera de mejores condiciones que los citados. Pero así es el deporte, que los genes dominan y la voluntad manda, por encima del dinero y de las pretensiones de prebostes que quieren presumir y de empresarios que desean incrementar su fortuna.

Demos tiempo al tiempo, con la pausa que los grandes deportistas administran en su juego. Solo así, de forma ordenada y racional, se puede volver al camino de la victoria por el que tantas veces circula el Madrid. Tan necesaria como el ritmo frenético que en ocasiones demanda el partido, la paciencia se convierte en una virtud imprescindible en tiempos de renovación.

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