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El Real Madrid o la fuerza del propósito


La pregunta circula en los últimos años en los mentideros y las respuestas han sido tan variopintas y desorientadas como la que relaciona a la botánica con el entrenador. ¡¿Por qué gana el Real Madrid?! Es comprensible que el entorno incrédulo de los rivales busque explicaciones esotéricas, políticas y hasta fitológicas, sin embargo una reflexión sosegada nos conduce de manera ineludible al veredicto, que, por otra parte, es bien sencillo: el Madrid gana, luego existe. O, para ser más exactos, existe para ganar. En caso contrario, no existiría. Esta es la esencia del club.

Tras la victoria del Madrid en el Allianz Arena muniqués esta temporada, Sergio Ramos pronunció la misma sentencia que un vicepresidente del Madrid espetó a un jugador en la víspera de una final europea en los años 80. Después del entrenamiento previo y propio del acontecimiento, el baloncestista en cuestión -no daré su nombre para no dañar más su palomera carrera-, se sentó relajadamente en el banquillo para decir: “Ya estamos aquí otra vez”. El recordado Mariano Jaquotot saltó de la grada como un poseso para articular, palabra por palabra, la misma frase que muchos años después enunciare el capitán del equipo de fútbol: “Todavía no hemos hecho nada”.

¿De dónde proviene esta profunda conexión con la victoria? Cuando Santiago Bernabéu construyó el estadio que lleva su nombre no soñaba con tener un coliseo magnífico en el que acoger a sus aficionados. Cuando Santiago Bernabéu, con Raimundo Saporta ya a su lado, fue promotor de la Copa de Europa no estaba pensando en competir en un torneo internacional. Cuando Raimundo Saporta creó la homónima de baloncesto no imaginaba una acción que promoviera el hermanamiento de los clubs. Cuando Bernabéu y Saporta concibieron su Real Madrid no querían un club cualquiera. Ni siquiera pensaban en un club ganador. Proyectaban dar vida al mejor club del mundo. Este era el propósito de los fundadores del moderno Real Madrid. Hacer de la victoria la razón de ser de la entidad.

La grandeza de estos directivos fue que no solo lo soñaron, sino que lo hicieron y, aún más, enseñaron cómo hacerlo. El sentido del club, la energía que lo mueve, la pasión que enardece a sus seguidores se trasladó de generación en generación, entre plantillas, directivas, empleados y aficionados. El que se vincula al Madrid no se vincula para pasar el rato ni para poner una muesca más en su carrera profesional. El que se vincula al Madrid, se vincula para ganar.

A esto, y no a otra cosa, se refiere Messi cuando dice que “el Madrid tiene algo que nosotros no tenemos”. La victoria corre por nuestras venas y esta identidad no es fruto de una plantilla ni de un entrenador. Es fruto de un espíritu indomable que impregna a los jugadores cuando se incorporan a este organismo y que va creciendo con los años de pertenencia. De esta naturaleza es el ímpetu que emerge cuando los rivales desfallecen. El que nos lleva a insistir una y otra vez, incluso por encima de largas temporadas de sequía. Claro que no somos perfectos; somos humanos y, como tales, en muchas ocasiones nos equivocamos en las personas y en las acciones. Sin embargo, el propósito sigue vivo, porque se ha convertido en la esencia imperecedera del club, alimentado por la tradición y por la inagotable voluntad de quienes nos sentimos herederos de un patrimonio inmaterial que merece la pena cultivar y transmitir: siempre hay personas dispuestas a practicar el espíritu madridista como fieles irracionales de una bendita secta o entregadas a rejuvenecerlo con gestas inolvidables.

En última instancia, ésta es la fuerza invisible, que los apóstatas atribuyen al azar que anima a los jugadores a llegar donde nunca llegaron o a conseguir gestas que nadie imaginaba. La fuerza que llevó a Benzema a estirar su pierna para sorpresa hasta de sus compañeros y a Thompkins a palmear un balón que ya estaba en manos de los turcos. Dos acciones que definen la energía inagotable del Madrid: su propósito. GANAR, GANAR Y GANAR.

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