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El Madrid también es baloncesto (VI):


Rafael Rullán, homenaje a un gigante

La vida hace extraños compañeros de cama. También el deporte, sin llegar a tanta intimidad, compone extrañas parejas de habitación. Rafael Rullán Ribera era un elegante padre de familia, educado, tranquilo y de hábitos ordenados. A su lado, este escribidor era un melenudo rocanrolero gestado por la movida madrileña y que se afeitaba de Pascuas a Ramos. A Rafa le gustaba desayunar lo mismo, a la misma hora y en el mismo lugar, mientras que mi vida estaba inmersa en el caos de un universitario que acudía a clase en chándal para apurar las horas que tenía el día. Él leía los últimos superventas y revistas del motor y este humilde escribidor se estrujaba el cerebro intentando descifrar el Código Civil. Nos entendíamos a las mil maravillas.

Normal. A pesar de la brecha generacional, si cabe más profunda en los cambiantes y agitados 70, convivir con uno de los capitanes del equipo era muy agradable. Amable, atento y siempre con el consejo apropiado, cumplía con vocación la tarea que el código madridista exigía, acoger y enseñar a los jóvenes recién llegados. Mi mundo, en plena transformación democrática y social estaba muy lejos del suyo. Asambleas en la facultad, conciertos en Malasaña, conversaciones con los partidos de todos los colores-hasta la Organización Revolucionaria de Trabajadores y el Partido del Trabajo de España-, y los cantos espontáneos de Libertad sin ira por los mesones y bares del centro histórico de Madrid. La política bullía, sobre todo entre los jóvenes, una realidad a la que no podías volver la espalda, pero de la que pronto me desencanté. Traspasé mi militancia a Los Secretos, Nacha Pop, Los Pegamoides y Mamá, la nueva ola española que intentaba mirarse en el espejo de Elvis Costello y Graham Parker. La música era más sincera y apasionante y con el Derecho y el baloncesto ya tenía suficiente.

Estaba muy acostumbrado a observar a aquel gran equipo de los años 70 desde las gradas del Pabellón. Apenas aterricé en Madrid con 13 años, mis visitas a la Ciudad Deportiva fueron continuas, tantas como partidos se disputaban en el parqué de aquel templo. Cuando por fin tuve la suerte de compartir vestuario con aquellos jugadores que admiraba las emociones se acrecentaron. Pronto me di cuenta que la convivencia diaria con los grandes jugadores desvela que son todavía mejores de lo que parecen. Rafael Rullán fue uno de ellos.

Llegó al Madrid procedente de su Mallorca natal tras ser descubierto en una Operación Altura, una idea más que brotó de la brillante Federación de Raimundo Saporta. Debido a la escasez de estatura de los descendientes de los españolitos de la posguerra había que buscarlos con lupa. Así apareció un larguirucho con buenas maneras que llamó la atención de Díaz-Miguel -a la sazón director de la Operación- por su agilidad en los pies. Un viaje a Estados Unidos y un máster vitalicio al lado de Clifford Luyk lo convirtieron en uno de los mejores pívots del continente, un jugador interior con un catálogo inagotable de soluciones. Tenía una muñeca de seda que le permitía ver el aro como una piscina. Podía lanzar de frente, un gancho o después de un giro sobre cualquiera de sus pies con el balón muy por encima de su cabeza. Con el tiempo comenzó, además, a hacer los mismos tiros saltando hacia atrás y con el balón en una sola mano, muy lejos de cualquier defensor.

La temporada en la que pasé a formar parte del primer equipo fue fantástica. Hicimos un doblete de calidad -Liga y Copa de Europa- en cuya consecución Rullán fue pieza clave. Clavérrima diría yo. Culminó su prolongada exhibición en la final de Berlín ante el Macabi de Tel Aviv, aquel año el favorito indiscutible para todo el mundo. Menos para nosotros, claro, que estábamos convencidos de que les íbamos a dar para el pelo. Rafa anotó 27 puntos y fue una pesadilla constante para el equipo telavivista que anduvo persiguiéndolo con poca fortuna. Fue una de las victorias más apasionantes de mi carrera, tanto por la dificultad de batir a un rival magnífico como por haberla conseguido en un pabellón vestido de amarillo, abarrotado de hinchas israelíes que jalearon a su equipo sin descanso.

El palmarés de Rullán es uno de los más completos de la historia del club, con 14 Ligas y tres Copas de Europa entre otros muchos títulos y reconocimientos. Tantos, que seguiré con ellos en otro momento, pues dan para muchas páginas que terminaré escribiendo cualquier día de éstos. Ahora ha llegado el momento de señalar por qué estoy escribiendo acerca del genial pívot mallorquín. Esta misma semana, durante la celebración del Foro Luis de Carlos, dedicado a la sección de la canasta, se le rindió un emotivo homenaje: se ha jubilado y, por primera vez en mucho tiempo, ya no será un profesional ligado al club. Rodeándole, con la piel de gallina por la intensidad de los aplausos y del momento, los que fuimos sus compañeros, Sevillano, Emiliano, Luyk, V. Ramos, Cristóbal, Paniagua, Corbalán, Berián, Romay, Indio Díaz, algún otro que mis deterioradas neuronas son incapaces de evocar y un servidor aplaudimos durante unos minutos junto a Pablo Laso, Llull y Felipe Reyes, legítimos herederos de glorias pasadas.

Para mí, y pondría la mano en el fuego por el resto de los que estábamos allí, por encima de su extraordinaria categoría en la pista, siempre fue un compañero muy querido, una persona de sentimientos nobles y corazón generoso. A veces, de forma injusta, algunos nombres se honran con más intensidad que otros sin ninguna razón, ni siquiera aparente. Quizá en estos tiempos la figura de Rullán no ha sido recordada como se merece, a la altura de los más grandes de este club. Jugador, capitán, delegado del equipo, responsable de la sección y, por último, de las escuelas de baloncesto en la Fundación, al actual presidente de la Asociación de Veteranos de baloncesto, solo le ha faltado un puesto. Pero para ser entrenador Rafa es demasiado buena persona.

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