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El Madrid también es baloncesto (IV): Lolo, Rullán y dos pájaros de un tiro


Corría la primavera de 1979 cuando este humilde aprendiz de escribidor fue reclutado por primera vez por Antonio Díaz-Miguel, el sempiterno maestro de ceremonias del equipo nacional de baloncesto. La selección venía de un año sabático tras la pifia del Eurobasket de 1977 en Bélgica, en el que España bajó a la segunda división continental después de estar muy cerca de ganar a Yugoslavia y a Checoslovaquia, a la postre medallistas de oro y bronce. Pero así de caprichoso es el destino, que tres puntos marcan la diferencia entre la gloria y el fracaso, y así de cambiante es el panorama que nos ha tocado vivir, que uno llegó a jugar contra selecciones que se fueron al limbo tras la caída del telón de acero.

A la vista del inesperado batacazo y de que, modestia aparte, una generación de prometedores mozalbetes se había asomado al panorama baloncestístico, Díaz-Miguel decidió acometer un cambio profundo en el equipo. Entre unos y otros avatares, muchos de los históricos que condujeron a nuestro baloncesto con mano maestra durante los años 70, como mis espejos Vicente Ramos y Carmelo Cabrera, nos cedieron el paso derrotados por ese rival al que ningún deportista puede hacer frente: el paso del tiempo.

De forma que después de un par de encuentros amistosos en España, la preparación para el Europeo B señalaba una concentración en Israel como punto de destino: Netanya. Hasta siete jugadores jóvenes nos incorporábamos de una tacada al equipo nacional, entre ellos mis compañeros madridistas Juanma López Iturriaga y Fernando Romay, y nuestro colega en la selección nacional júnior, Juan Antonio San Epifanio.

Por designación basada en algún tipo de intuición de Díaz-Miguel, me tocó en suerte ser el compañero de habitación de una leyenda del Real Madrid, Rafael Rullán. Rafa, para los amigos, se hallaba en sus años de máximo esplendor, convertido en uno de los mejores hombres altos del continente, sin duda el más exquisito. Su prodigiosa muñeca y sus depurados movimientos en el poste bajo-algunos de los cuales por desgracia se han perdido en las polvorientas páginas de la historia-serían fundamentales para la consecución de la séptima Copa de Europa para el Madrid un año más tarde. Con 27 puntos fue el máximo anotador de un partido memorable.

Huelga decir que yo estaba completamente emocionado de compartir habitación con uno de los héroes de mi infancia, al que había visto jugar y entrenar en el Pabellón de la Ciudad Deportiva de la Castellana en incontables ocasiones. En aquel mes de mayo de 1979, Rafael Rullán Ribera -Rafa para los amigos- estaba inmerso en un proceso negociador para la renovación de su contrato. Me enteré allí mismo, en la habitación, pues, es obvio señalarlo, faltaba más de un decenio para que los móviles comenzaran a expandirse en España. Un día sonó el teléfono de la habitación y al contestar pude oír una voz conocida: “¿Puedo hablar con Rafa?”. “Sí, claro”, contesté. “¿De parte de quién?”. “Hola Jose. Soy Lolo”. ¡Joder qué susto! Claro, con razón me sonaba la voz. “¡Qué torpe soy”, me recriminé.

Las llamadas se sucedieron en los días siguientes y yo, mientras tanto, intentaba deducir algún que otro dato de la conversación mientras fingía estudiar la Ley Hipotecaria. Puesto al día por Rafa, me picaba la curiosidad por conocer el curso de los acontecimientos y descubrir el desenlace del tira y afloja. Las conversaciones dieron su fruto y entre lo que espiaba y lo que sonsacaba con aire distraído barrunté que la renovación estaba al caer.

En efecto, el día de autos, tal y como habíamos comentado la noche anterior, una llamada de Lolo certificó el acuerdo. La sonrisa de Rafa lo decía todo y yo me alegré mucho de que un madridista de corazón siguiera en el equipo. Estaba encantado. De repente, se volvió a mí con el teléfono en la mano y me dijo: “Lolo quiere hablar contigo”. Me quedé paralizado, mientras el corazón comenzó a latir con una fuerza que parecía que se me iba a salir del pecho. Cogí el teléfono y apenas acerté a saludar. Oí su voz que me decía: “Hola, Jose. ¿Quieres jugar con nosotros el año que viene?”. Debí de decir que sí, aunque no recuerdo nada. “¿Estás contento?”, me preguntó mi futuro entrenador. “Contento es poco. Estoy emocionado”. Así fue como, a 3.600 kilómetros de mi casa, en un recogido hotel del extremo oriental del Mediterráneo y por teléfono, me comprometí por tres temporadas con el Real Madrid. Y así fue como la sección de baloncesto dio fe, una vez más, de su proverbial querencia a la contención del gasto: una sola conexión telefónica, dos contrataciones. Más rentabilidad, imposible.

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