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El Madrid en la lucidez


Está claro. El Barcelona no es rival para el Madrid. Una vez más, y van cinco de forma consecutiva en la Euroliga, los blancos exhibieron su superioridad y los azulgranas su impotencia. La de un equipo que no encuentra su identidad. La de un entrenador sobrepasado por las circunstancias y los tiempos. La de otro proyecto fracasado. El Madrid realizó una de las exhibiciones tan habituales en la era Laso. De una u otra forma, con cualquiera de los componentes de la plantilla, liquidan al rival en un abrir y cerrar de ojos. No jugó Rudy, tampoco Felipe Reyes y hasta Llull estuvo lejos de su mejor versión. Da lo mismo. El empaque de este grupo es soberbio, indestructible, sin apenas fisuras, con un preparador que atraviesa un momento de lucidez máxima.

En la acera rival la crisis es ya una forma de vida. Los jugadores quieren, Pesic lo intenta y el club no ceja en el empeño de dar la vuelta a una moneda cuya cara siempre es madridista. Cierto que, de cuando en cuando, su empeño les recompensa con algún premio menor, como su victoria de hace dieciocho días sobre el Madrid y hasta con la Copa del Rey del curso pasado. Pero no nos engañemos. La alternancia en el dominio viene marcada por la identidad. El Madrid la posee con mayúscula, el Barcelona hace años que la perdió y pugna sin suerte por encontrarla.

La casualidad del destino -el propio destino alegarían los fetichistas- quiso que la entrega del merecidísimo Marca Leyenda a Juan Carlos Navarro tuviera lugar al día siguiente del 95-62. Por un momento me pareció un guiño del destino, una representación de un Barcelona dominante que ya no lo es. Durante muchos años Navarro fue el azote blanco, el anotador que remachaba las victorias con dígitos estratosféricos. El comienzo de la decadencia del genial jugador coincidió con el inicio del auge de la nueva era. Fueron casi simultáneos. El Barça se apagó con el escolta, sin que los intentos de plantillas y directivas llegaran a concretarse en lo que necesitan. En este duelo de identidades el Madrid es hoy una personalidad exultante y robusta, mientras el Barcelona es un náufrago al que no le funciona la brújula. La diferencia entre ellos y nosotros es insalvable para nuestro regocijo y no parece que la fiesta se nos vaya a terminar pronto. En cualquier caso, ya que estamos con el plural participativo, haríamos bien en seguir celebrando cada victoria como si fuera la primera, y el club en seguir trabajando sin descanso como hasta ahora. Por fortuna para nosotros, el entrenador y el director de la sección, Juan Carlos Sánchez, son dos obsesos del trabajo y de la perfección. La misma semana que escribo estas líneas he tenido la oportunidad de comprobarlo personalmente por enésima vez. Por lo demás, permítanme rendirme al jugador que tantas noches nos amargó y que tantos veranos nos obligó a aplaudirle. El Iniesta de la canasta se retira, sin que les quede un Messi sobre el que construir. Por último, para terminar de desenredar esta madeja, me gustaría dejar constancia de que también Felipe Reyes, Pablo Laso, Scariolo, Garbajosa, presentes en la ceremonia, y Rudy Fernández a través de su cuenta de Twitter, felicitaron a su enemigo amigo. Como debe ser.

Quizá a algún lector le extrañe que aparezca poco por este lugar de referencia para escribir de este Real Madrid. Lo acepto y me confieso: escribiría más si jugaran menos. Pero entiéndanme, contar siempre la misma película, aunque sea con personajes diferentes, es un tanto aburrido. Podríamos resumirla en que el Madrid aprieta el acelerador y gana. Cuanto antes comienza mayor es la diferencia. Solo hay dos equipos que parecen escaparse de esta sentencia: el CSK y el Fenerbahce. Quizá algún otro cuando juega como local. El resto están en manos de la benevolencia madridista o de las ganas que tengan de batirse el cobre. Con tantos partidos a la semana, algunos terminan por convertirse en intrascendente y los cuerpos y las mentes necesitan descanso, aunque uno no quiere dárselo. En definitiva, el único enemigo del Madrid es su compromiso, que, habitualmente, está por las nubes.

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