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Aquellos maravillosos años


Hay muchas huellas de dignidad en un comienzo de temporada que prolonga el destino de la anterior. El Madrid de Laso sigue escribiendo su historia partido a partido, temporada a temporada, título a título. Con nuevos registros, con incorporaciones o con bajas señaladas, el río sigue su curso, cumpliendo su rumbo inexorable. Nuevas conquistas, hazañas memorables que recordaremos para siempre. Disfrutemos del presente, la fortuna de contemplar en vivo un fenómeno del que hablarán los libros de historia del deporte. Sin duda, por su trascendencia, el mejor equipo de lo que va de siglo.

También dentro de algunos años, quiera Dios o el diablo, recordaremos las gestas de estos jugadores. Su ambición ilimitada, el blasón de la casa Blanca esculpido a fuego desde que pisaron el club. Como Sergio Llull, irreductible, generoso, ejemplar, que ha superado las secuelas de una terrible herida de guerra tras un verano de intensísimo trabajo. No solo los protagonistas deben ser objeto de reconocimiento, también los galenos, cuidadores y preparadores que han obrado el milagro de conseguirle una pierna igual que la otra.

Llull es la muestra de que este equipo sigue al pie de la letra los principios del madridismo clásico. El de Bernabéu, Saporta y Di Stéfano. El de Pirri, Grosso. El de Emiliano y Luyk. Los pioneros, los que sentaron las bases de una entidad que va ganando la inmortalidad. Aquellos que consiguieron lo que nadie podía imaginar. Las primeras Copas de Europa y el reconocimiento mundial de un espíritu indomable. Detrás vinieron tantos que podría continuar con una letanía de nombres hasta cerrar esta humilde crónica. Pero Sabina, atlético confeso, las encumbró de tal forma que cerró una vía de escape para los narradores. Maldito y bendito Joaquín que rompió el molde.

Pero sí, es cierto, este Madrid es el Madrid de toda la vida. El que siempre hace que nos sintamos orgullosos, porque nunca ceja. Porque se pasea con orgullo en todas las competiciones. Tampoco nadie se escaquea de las obligaciones más sacrificadas y oscuras. Para eso están el entrenador y los veteranos. Para mantener viva la llama de una forma de afrontar el deporte y la responsabilidad para no decepcionar a una afición que se extiende por todos los rincones del planeta. No importa que Mirotic, Sergio Rodríguez y Doncic abandonen el equipo. Lo importante es que permanezca la idea de que por encima de cualquier jugador está el equipo. Y por encima del equipo está el club. Vendrán otros que no serán tan buenos, pero que darán todo lo que tengan. El río que no cesa persiste en su curso, porque su destino no son las ciudades y pueblos por los que transita. Su destino es la inmensidad del océano.

Así vive el Madrid de Laso, quien vino del verano con una barba que le convierte en abuelo y parece querer aflorar su sabiduría. Pablo el Sabio. No es para menos. A la chita callando, con la humildad requerida, ha construido una máquina de conquistar que, a salvo de los elementos que luchen contra ella, se muestra poderosa, arrolladora, imbatible. Hoy no parece tener enemigo en el continente, aunque ya sabemos que los dioses del deporte son amigos de jugar a derrocar a los poderosos. Hagan lo que hagan, aun sin Doncic, esta plantilla, por calidad, potencial y extensión va a caminar con paso firme por el mapa europeo.

Envío desde estas líneas mi admiración a todo el grupo por el primer título, menor por escalafón aunque no por el rival, y, sobre todo, por el excelente trabajo de la pretemporada. Me consta que se han preparado de forma concienzuda hasta compactar los cimientos con los que afrontar una temporada recién comenzada. Y, por último, porque sería injusto no hacerlo, vaya desde aquí mi felicitación a Juan Carlos Sánchez, el cerebro en los despachos de este Madrid que prosigue escribiendo su epopeya.

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