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75-72: Con angustia pero con determinación


El Madrid tuvo que recurrir a su esencia, a la raza, que diría mi abuelo, para voltear un momento de incertidumbre y un último cuarto catastrófico hasta ese instante. El origen del temor de la grada y el desconcierto del equipo no fue tanto el 66-72 a falta de casi cuatro minutos, sino el 3-17 en ese lapso casi decisivo en el que los blancos perdieron el rumbo del ataque y el orden de su defensa. Extraviado el norte del acierto, apartada la exquisitez como solución, el equipo madridista recompuso una línea defensiva que incrementó su presión hasta anular, por los pelos, la reacción inconclusa comandada por un Calathes que naufragó el resto del partido. El Panathinaikos no volvió a anotar, el director griego volvió a su despiste impreciso y nervioso, y los 72 puntos que tanto miedo nos habían metido en el cuerpo, y hasta en el espíritu, se quedaron inmóviles, fijos para la enciclopedia de la Euroliga. Por fortuna, Campazzo se recompuso en los últimos instantes del choque, al tiempo que el acierto en los tiros libres y un tapón de Tavares devolvieron el alivio a los aficionados. La eliminatoria está encarrilada.

Un partido bronco, igualado, quizá propio de la trascendencia del momento, la eliminatoria que marca el fracaso y el primer partido que marca la eliminatoria.  Cuando la concentración se impone a los nervios cristaliza en grandes aciertos. Mientras tanto, los jugadores deambulan fruto de la presión que no pueden dominar. Así fue el encuentro, duro, correoso, alternando rachas de acierto y errores, el Madrid al mando como si no lo quisiera, regalando al rival las oportunidades para su recuperación. Lo hemos visto tantas veces y lo vemos tan a menudo que este humilde cronista se pregunta si no es la alternancia el destino fatídico del baloncesto moderno; con tantas “rotaciones” que si uno se despista un momento el quinteto que contempla en la cancha no tiene ninguna relación con el que la pisaba; y con tantas decisiones arbitrales arbitrarias, permítaseme el horrible juego de palabras. Porque nunca más que en estos tiempos parece haber desaparecido ese criterio que marcaba la frontera de lo reglamentario, el contacto permitido o no; hasta hemos perdido el hilo de la infracción de pasos con tanto cambio de norma. Uno asiste, jornada tras jornada, a exhibiciones de los colegiados tras las que no deja de preguntarse qué es falta y qué no, y por qué lo que señalan en una jugada concreta no la han señalado con anterioridad ni con posterioridad. Con tanto vaivén de criterios y de jugadores, con tantos lanzamientos de tres puntos, uno empieza a creer que la tendencia del Madrid a ofrecernos fogonazos deslumbrantes y lagunas desoladoras es tan inevitable como propia de estos tiempos (que conste en acta que no es una crítica a los árbitros, sino una apreciación sobre el sistema arbitral que impera en estos tiempos).

Por lo demás, se confirmó que la Euroliga está en manos de los bajitos, con permiso de Tavares. Sergio Rodríguez decidió la suerte del primer CSK-Baskonia y el duelo entre Calathes y Campazzo hizo lo propio con la eliminatoria entre madridistas y atenienses. El sudamericano, con su irregularidad y sus destellos, dictó la victoria del Madrid, mientras que la fragilidad mental del norteamericano marcó la suerte del Panathinaikos. No es la primera vez que lo vemos deambular por el parqué del Palacio con los síntomas propios de quien no puede sobreponerse a un mal comienzo de partido. Ayer volvió a ser un sonámbulo que solo se despertó, por un momento, en el último cuarto, un jugador que durante muchos minutos fue una sombra del que durante una gran parte de la temporada asombra.

Por lo demás, la impresión que dejó el partido fue la de que este Madrid, aún sin Llull, es un equipo más solvente que su rival en esta eliminatoria. Más piezas, más versatilidad y un jugador único, Tavares, que resulta determinante casi cada vez que entra en juego. Ayer, cuando el Madrid aceleró al máximo asfixió a su rival, y cuando mantuvo la cabeza fría y el balón en movimiento encontró el camino del aro sin dificultad. Como objetivo para ser mejor es necesario prolongar estas actitudes, luchar contra sus vaivenes, quizá propios, quizás impuestos por la esencia del baloncesto actual. El reto se escribe fácil y se dice pronto, pero ¿quién se impone a sus querencias y a los tiempos? Un gran desafío para uno de los elegidos que puede hacerlo: el Madrid contra sí mismo y contra el baloncesto moderno.

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