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2-0: El Real Madrid toma un cuerpo de ventaja


El Madrid apisonó al Panathinaikos, inerme en el segundo encuentro de la eliminatoria que conduce a la Final de Cuatro de la Euroliga, para resolver lo que no supieron el CSK, el Fenerbahce y el Efes Pilsen. Una victoria erigida sobre los cimientos de una colectividad ajustada desde todos los puntos de vista. Las piezas del engranaje ejecutaron su función de forma apasionada y precisa hasta completar una actuación soberbia que acredita la valía de un conjunto en pleno estado de madurez. Mientras escribo estas líneas y repaso el partido me ocurre lo mismo que a Pablo Laso recién terminados los cuarenta minutos, que no soy capaz de destacar a ningún jugador por encima de otro. Es tan cierto que algunos brillaron más como que el resto cumplió la labor que tenían encomendada con oficio y decisión. Ésta es la clave de los grandes equipos, la que permite que, jugando mejor o peor -como en el primer partido de la serie-, estés siempre cerca de la victoria.

En realidad, el partido de ayer se decidió antes de saltar a la pista, en los vestuarios, en las charlas de los entrenadores o en el ánimo de los baloncestistas. No puedo conocer el origen de la determinación que se hizo patente desde el primer segundo del partido, aunque sí se puso de manifiesto que la mirada resolutiva, la pasión de esta semana, la concentración sin grietas, tuvieron desde el principio color blanco. Por el contrario, el Panathinaikos deambuló al paso de su líder, su jugador más carismático, Nick Calathes, de nuevo errático por el Palacio, incapaz de sobreponerse a sus comienzos aciagos, perseguido por la sombra implacable de Taylor, tan rápida y vivaz que se adelantó a cada acción del mandamás griego. Al ritmo de dos ánimos opuestos, el resuelto del Madrid y el alicaído de los atenienses, la batalla tuvo un dominador absoluto desde el salto inicial. Alejado el despiste con el que saltó a la cancha en el primer choque de la eliminatoria, los madridistas anhelaron la victoria en cada jugada, en cualquier envite, como si su honor estuviera en disputa en todos los rincones del combate. El flujo del apasionamiento no cesó en ningún instante, al contrario, se encendía por momentos, al hilo de los tapones de Tavares, las recuperaciones de Rudy y la hiperactividad de un inmenso Campazzo, dueño y señor de la cancha, una enorme pesadilla provocada por el jugador más pequeño, quizás con el corazón más grande.

El intercambio de piezas que propuso Pablo Laso no varió el curso que habían tomado los acontecimientos. No importaba quién entrara en la cancha, el Madrid seguía dominando las entrañas de la resolución. Los balones sueltos, los rebotes inciertos, los choques a tiempo o a destiempo, ese hombre que se lanza a por el balón como un poseso aunque esté fuera de su alcance, el juego de la intensidad para entendernos, una mirada fiera, las muestras de deseo que arrojas al rostro del rival en cada ocasión, en definitiva, el partido que no sale en las estadísticas, ¡ése!, cayó siempre del mismo lado. Además, Prepelic y Ayón mejoraron de forma notoria su actuación previa en la serie, y el resto, sin excepción, se ajustaron a las exigencias de un enfrentamiento que, a cada minuto, estaba más cerca de convertirse en un nuevo botín de los “chicos” de Pablo Laso. Así le gusta llamarlos, chicos, como un padre que acaricia a sus hijos después de cumplir su obligación, como si fueran quinceañeros sosegados, en lugar de los colosos aguerridos que suelen ser.

Ahora bien, los partidos en el OAKA (la sede olímpica de la gimnasia deportiva y de la fase final del Torneo olímpico de baloncesto, donde Argentina batió a Estados Unidos en la semifinal para proclamarse a continuación campeona olímpica) serán harina de otro costal. La hinchada griega, fiel y bullangera, fanática de unos colores que no pasan por su mejor momento, calienta la olla a presión en la que se convierte el mítico, nunca mejor dicho, recinto deportivo. Si bien es cierto que el Madrid está mejor orquestado y parece haber descubierto las flaquezas del conjunto heleno, los griegos se crecen al amparo de sus fieles, como si más cerca del Partenón y bajo la protección de sus dioses, su juego resurgiese y los músculos se recargasen de energía. El Madrid está muy cerca de llegar a la fase decisiva de esta Euroliga, pero todavía hay que ganar un partido más. No caben los descuidos. El plan ha de continuar con la misma intensidad, con la misma voluntad de triunfo. De esta manera, el Madrid ganará alguno de los tres siguientes partidos porque es mejor que el Panathinaikos. Aún así, no se puede regalar nada, porque los regalos se pagan caros. Falta un paso y cuanto antes se dé, mejor. ¡Buen viaje!

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